COMUNIDAD
INTERNACIONAL BAHÁ'Í
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VIH/SIDA
e Igualdad entre los Géneros: Transformar
Actitudes y Comportamientos
junio2001
Declaración de la Comunidad Internacional
Bahá'í
VIH/SIDA e Igualdad entre los Géneros: Transformar
Actitudes y Comportamientos
Preparado para el Período Extraordinario
de Sesiones de la Asamblea General de las Naciones
Unidas sobre el VIH/SIDA
Naciones Unidas, NY ~ 25-27 junio 2001
La relación entre la pandemia del SIDA
y la desigualdad entre los géneros está
ganando reconocimiento a escala mundial. Las nuevas
infecciones de VIH/SIDA están aumentando
más rápidamente entre las mujeres
y las niñas que entre los varones; por ello,
la mitad de los nuevos casos registrados el año
pasado se dieron entre mujeres. En el 45o período
de sesiones de la Comisión sobre la Condición
Jurídica y Social de la Mujer, en el que
el VIH/SIDA fue uno de los principales temas del
programa, la complejidad de los problemas que se
plantean al abordar esta cuestión se vio
subrayada por la innegable relación existente
entre el SIDA y un problema tan pertinaz como es
el sexismo. La importancia de la investigación,
la educación y la cooperación entre
los gobiernos y la sociedad civil es incuestionable.
Sin embargo, cada vez se reconoce más que
será necesario un cambio profundo de actitud
-personal, política y social para contener
la propagación de la enfermedad y para garantizar
asistencia a las personas infectadas y afectadas.
Esta declaración se centrará en dos
de los principales grupos de población que
deberían estar representados en estos debates
a nivel mundial: los hombres, por el control que
tradicionalmente han ejercido sobre la vida de las
mujeres, y las comunidades religiosas, debido al
poder que tienen para influir en los corazones y
las mentes de sus fieles.
Para poder contener la actual propagación
del VIH/SIDA entre las mujeres deben producirse
cambios concretos en las actitudes y comportamientos
sexuales tanto del hombre como de la mujer, pero
especialmente del hombre. Es preciso abordar las
nociones erróneas sobre el apetito sexual
voraz del hombre. Deben comprenderse plenamente
las consecuencias reales que tiene para la mujer
-y para el hombre- la práctica de satisfacer
los deseos sexuales fuera del matrimonio. Educar
a las mujeres y a las niñas revista una importancia
fundamental, pero el desequilibrio existente actualmente
entre hombres y mujeres puede impedir que la mujer
actúe en aras de su propio interés.
De hecho, la experiencia ha demostrado que educar
a las mujeres sin educar también a los hombres
presentes en sus vidas puede exponer a las mujeres
y a las niñas a un mayor riesgo de violencia.
Por lo tanto, es preciso desplegar más esfuerzos
para enseñar a los niños y a las niñas
a respetarse a sí mismo y mutuamente. Una
cultura de respeto mutuo mejorará la autoestima
de las mujeres y las niñas, y también
la de los hombres y los niños, lo cual conducirá
a un comportamiento sexual más responsable.
La negación de la igualdad a las mujeres
no sólo fomenta en el hombre actitudes y
costumbres perjudiciales que inciden en sus familias,
en su trabajo, en las decisiones políticas
y en las relaciones internacionales; también
contribuye de manera significativa a la propagación
del VIH/SIDA, y retrasa el progreso de la sociedad.
Es notorio cómo las desigualdades sociales
culturalmente aceptadas se combinan con la vulnerabilidad
económica con la vulnerabilidad económica
para privar parcial o totalmente a las mujeres y
a las niñas de poder para rechazar el sexo
no deseado o el sexo practicado en condiciones de
riesgo. Además, una vez que contraen el VIH/SIDA
con frecuencia las mujeres son estigmatizadas por
considerarlas el origen de la enfermedad y perseguidas,
a veces de manera violenta. Entretanto, la carga
de cuidar a las personas que viven con el VIH/SIDA
y a los niñas huérfanos por causa
de la enfermedad recae principalmente sobre las
mujeres. Ahora es menester examinar las funciones
de los géneros tradicionales que no se han
puesto en tela de juicio durante generaciones a
la luz de la justicia y la compasión. En
última instancia, sólo una transformación
espiritual impulsará a los hombres -y a las
mujeres- a renunciar a los comportamientos que contribuyen
a la propagación del VIH/SIDA. Dicha transformación
es tan importante para los hombre como para las
mujeres, porque "Mientras se le impida a la
mujer alcanzar sus más grandes posibilidades,
los hombres estarán imposibilitados para
alcanzar la grandeza que podría ser suya".
Debido a que la educación de la esencia
noble y espiritual de la humanidad ha recaído
en el ámbito de la religión, las comunidades
religiosas pueden desempeñar un papel importante
a la hora de producir el cambio de actitud y el
consiguiente cambio en los comportamientos que permitirán
dar una respuesta eficaz a la crisis del SIDA.
Los dirigentes de las comunidades religiosas están
especialmente dotados para abordar la dimensión
moral de la crisis del SIDA, tanto en lo que se
refiere a la prevención como al tratamiento.
La propagación del VIH/SIDA se reduciría
de manera significativa si se enseñara a
los individuos a respetar la santidad de la familia
practicando la abstinencia antes del matrimonio
y la fidelidad conyugal durante el matrimonio, tal
y como se resalta en la mayoría de las tradiciones
religiosas.
Los dirigentes religiosos y las personas creyentes
tienen el deber de responder con amor y compasión
al intenso sufrimiento personal de quienes se ven
afectados de manera directa o indirecta por la crisis
del SIDA. No obstante, la tendencia por parte de
la sociedad a juzgar y a culpar a los afectados
desde el comienzo de la enfermedad ha sofocado la
compasión por sus víctimas. La ulterior
estigmatización de las personas que padecen
el VIH/VIH/SIDA ha hecho que esas personas se muestren
reticentes a tratar de conseguir un tratamiento
y que las sociedades se resistan a cambiar las actitudes
y las prácticas culturales necesarias para
prevenir y tratar la enfermedad. Este tipo de juicios
pueden emitirse particularmente en comunidades religiosas
que lucha por mantener unos niveles elevado de conducta
personal. Una de las aparentes paradojas de la fe
es la obligación de los creyentes de observar
unos niveles elevados de conducta personal a la
vez que aman y cuidad de aquellos que -por los motivos
que sea. no alcanzan esos niveles. Lo que se olvida
con frecuencia es que la "conducta personal"
abarca no sólo la mesura de uno mismo, sino
también la compasión y la humildad.
Las comunidades religiosas tendrán que hacer
continuos esfuerzos por desembarazarse de las actitudes
sentenciosas para poder ejercer el tipo de autoridad
moral que fomenta la responsabilidad personal, el
amor por el prójimo y el valor para proteger
a los grupos vulnerables de la sociedad.
Vemos indicios de esperanza en el aumento del diálogo
entre religiones y de la cooperación. Entre
las comunidades religiosas se reconoce cada vez
más que, como afirma Bahá'u'lláh,
"los pueblos del mundo de cualesquiera raza
o religión derivan su inspiración
de una única Fuente celestial, de que son
súbitos de un único Dios." Es
la naturaleza trascendente del espíritu humano,
conforme se acerca a esa Esencia invisible, inaprensible
llamada Dios, la que estimula y depura la capacidad
de la humanidad de lograr el progreso espiritual,
que se traduce en progreso social. A medida que
aumenta el diálogo, la cooperación
y el respeto entre las comunidades religiosas, las
prácticas culturales y religiosas y las tradiciones
que discriminan a la mujer irán desapareciendo
paulatinamente, con independencia de lo arraigadas
que estén. Esto constituirá un paso
fundamental hacia la contención de la propagación
del VIH/SIDA.
De hecho, en el reconocimiento de la unidad de
la familia humana los corazones se ablandarán,
las mentes se abrirán y las actitudes de
hombres y mujeres se transformarán. Esta
transformación permitirá que se dé
una respuesta coherente, compasiva y racional a
la crisis mundial del VIH/VIH/SIDA.
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