| ¿Quién
esta escribiendo el Futuro?
PREAMBULO
El 28 de mayo de 1992, la Cámara de Diputados
de Brasil se reunía en sesión especial
para conmemorar el centenario de la muerte de Bahá'u'lláh,
cuya influencia se perfila hoy día como un
rasgo cada vez más familiar del panorama
social e intelectual del mundo. Su mensaje de unidad
había tocado una fibra sensible de los legisladores
brasileños. En el curso de la sesión,
oradores representativos de la totalidad de los
partidos de la Cámara rindieron homenaje
a un conjunto de escrituras que uno de los diputados
describió como "la obra religiosa más
colosal jamás escrita por la pluma de un
solo Hombre", y a una concepción del
futuro de nuestro planeta que, "traspasando
fronteras materiales", en palabras de otro
diputado, "se abría a la humanidad entera,
prescindiendo de diferencias de nacionalidad, raza,
límites o credo"'.
El homenaje resultaba tanto más asombroso
cuanto que, en su tierra natal, la obra de Bahá'u'lláh
sigue siendo objeto de agrias condenas por parte
de los clérigos musulmanes que gobiernan
Irán. Sus predecesores habían sido
responsables del destierro y encarcelamiento de
Bahá'u'lláh a mediados del siglo diecinueve,
e igualmente de la masacre de miles de personas
que compartieron sus ideales en pro de la transformación
de la sociedad y de la vida humana. Incluso mientras
se desarrollaba la sesión de Brasilia, la
negativa a rechazar creencias que han merecido elogios
de la mayor parte del mundo se cobraba en los 300.000
bahá'ís que viven en Irán su
tributo de persecuciones, privaciones y, en demasiados
casos, encarcelamientos y muertes.
Una oposición semejante caracterizó
las actitudes de varios regímenes totalitarios
del pasado siglo.
Cabe preguntarse, pues, ¿cuál es la
esencia del conjunto de pensamientos que ha suscitado
reacciones tan marcadamente divergentes?
I
El mensaje principal que ofrece Bahá'u'lláh
expone la naturaleza fundamentalmente espiritual
de la realidad, así como de las leyes que
gobiernan su operación. No sólo ve
a la persona como ser espiritual o "alma racional",
sino que también insiste en que la empresa
entera que denominamos "civilización"
es en sí misma un proceso espiritual, proceso
en el que la conciencia y el corazón del
hombre han creado medios cada vez más complejos
y eficaces de expresar sus inherentes capacidades
morales e intelectuales.
Al rechazar los dogmas reinantes del materialismo,
Bahá'u'lláh propugna una interpretación
opuesta de los procesos históricos. La humanidad,
punta de lanza de la conciencia evolutiva, atraviesa
etapas análogas a los períodos de
infancia, niñez y adolescencia, propios de
la vida individual. La travesía nos ha traído
hasta el umbral de la tan esperada mayoría
de edad de una raza humana unificada. Las guerras,
la explotación y los prejuicios que han jalonado
las etapas inmaduras del proceso no deberían
ser causa de desesperación, sino un estímulo
para asumir las responsabilidades de la madurez
colectiva.
Dirigiéndose a los líderes políticos
y religiosos de su propio tiempo, Bahá'u'lláh
manifestó que estaban despertándose
en los pueblos de la tierra nuevas capacidades cuyo
poder incalculable desbordaba la imaginación
de su tiempo, capacidades que pronto habrían
de transformar la vida material del planeta. Era
esencial -decía- convertir tales avances
materiales en cauces para el desarrollo moral y
social. Si los conflictos nacionalistas y sectarios
impedían que esto ocurriese, entonces el
progreso material produciría, además
de beneficios, también males inimaginables.
Algunos de los avisos de Bahá'u'lláh
despiertan ecos sombríos en la actualidad:
"Cosas extrañas y asombrosas existen
en la tierra", prevenía; "estas
cosas son capaces de cambiar la totalidad de la
atmósfera de la tierra y su contaminación
podría resultar letal".
II
La principal tarea espiritual de todas las personas
-afirma Bahá'u'lláh-, cualquiera que
sea su nación, religión u origen étnico,
consiste en sentar los cimientos de una sociedad
global que refleje la unidad de la naturaleza humana.
La unificación de los habitantes de la tierra
no es una visión utópica ni tampoco
cuestión de mera elección. Constituye
la etapa siguiente e inevitable del proceso de evolución
social, una etapa hacia la cual nos empuja toda
la experiencia del pasado y del presente. Hasta
que esta tarea no sea afrontada y alcance el debido
reconocimiento, ninguno de los males que afligen
a nuestro planeta encontrará solución,
puesto que todos los problemas esenciales de esta
época en la que hemos entrado son globales
y universales, no particulares o regionales.
Los numerosos pasajes donde Bahá'u'lláh
aborda la llegada de la humanidad a su madurez están
empapados de referencias a la luz, usada como metáfora
descriptiva del poder transformador de la unidad:
"Tan poderosa es la luz de la unidad",
afirma, "que puede iluminar la tierra entera".
Tal aseveración sitúa la historia
contemporánea en una perspectiva netamente
distinta de la que predomina en este final del siglo
veinte. Nos insta a que identifiquemos -dentro del
sufrimiento y descalabro que atestiguamos en la
actualidad- la operación de fuerzas que están
emancipando la conciencia humana en preparación
de una etapa nueva de su evolución. Nos emplaza
a reexaminar cuanto ha sucedido en los últimos
cien años y el efecto que estos cambios han
tenido sobre el conjunto heterogéneo de pueblos,
razas, naciones y comunidades que los han experimentado.
Si, como Bahá'u'lláh afirma, "el
bienestar de la humanidad, su paz y seguridad serán
inalcanzables hasta que su unidad esté firmemente
establecida", es comprensible por qué
los bahá'ís tienen al siglo xx a pesar
de todos sus desastres, por "el siglo de la
luz". Pues estos cien años han presenciado
una transformación tanto del modo en que
los habitantes de la tierra han comenzado a planear
su futuro colectivo, como de la manera en que se
miran unos a otros. Ambos cambios se caracterizan
por el proceso de unificación. Conmociones
más allá del control de las instituciones
de la época forzaron a los dirigentes mundiales
a iniciar la puesta en marcha de nuevos sistemas
de organización global que hubieran sido
impensables a comienzos del presente siglo. Al mismo
tiempo, tenía lugar una rápida erosión
de hábitos y actitudes que han dividido a
los pueblos durante un sinfín de siglos de
conflictos y que tenían visos de perdurar
durante las épocas venideras.
A mediados de este siglo, ambos acontecimientos
dieron lugar a un hito cuyo significado histórico
sólo las generaciones futuras podrán
apreciar debidamente. Tras las secuelas estremecedoras
de la II Guerra Mundial, numerosos dirigentes con
gran visión de futuro hallaron que por fin
era posible, mediante la organización de
Naciones Unidas, comenzar a consolidar los cimientos
del orden mundial. Soñado hacía tiempo
por los pensadores progresistas, el nuevo sistema
de convenciones internacionales y organismos vinculados
disponía ahora de los poderes esenciales
que le habían sido trágicamente negados
a la difunta Sociedad de Naciones. Conforme avanzaba
el siglo, y de forma paulatina, fue curtiéndose
la musculatura inicial del sistema de mantenimiento
de la paz internacional, hasta demostrar de forma
persuasiva lo que puede lograrse. En el mundo se
producía entonces una expansión constante
de las instituciones democráticas de gobierno.
Aunque los efectos prácticos resulten todavía
decepcionantes, ello en modo alguno desdice el cambio
histórico e irreversible de orientación
que se ha verificado en la organización de
los asuntos humanos.
Y tal como sucediera con el orden mundial, otro
tanto cabe decir de los derechos de los pueblos
del mundo. La divulgación de las penalidades
espantosas que afligieron a las víctimas
de la perversidad humana durante la guerra dio lugar
a una consternación mundial, que sólo
puede calificarse de hondo sentimiento de vergüenza.
De este trauma surgió una nueva categoría
de compromiso moral, institucionalizado formalmente
mediante las labores de la Comisión de Derechos
Humanos de Naciones Unidas y los organismos relacionados,
hecho que hubiera sido inconcebible para los gobernantes
decimonónicos a quienes Bahá'u'lláh
se había dirigido sobre este particular.
Reforzado con esta legitimidad, todo un conjunto
creciente de organizaciones no gubernamentales se
ha propuesto garantizar que la Declaración
de Derechos Humanos afiance los criterios normativos
internacionales y sea implantada de modo acorde.
También tuvo lugar un proceso paralelo en
la vida económica. Durante la primera mitad
del siglo, como consecuencia de los estragos causados
por la gran depresión, muchos gobiernos adoptaron
medidas legislativas para la creación de
programas de bienestar social y sistemas de control
financiero, fondos de reserva y regulaciones de
comercio destinados a proteger a la sociedad de
la recurrencia de tal devastación. El período
que siguió a la II Guerra Mundial trajo consigo
el establecimiento de instituciones cuyo campo de
operaciones es global: el Fondo Monetario Internacional,
el Banco Mundial, el Acuerdo General sobre Comercio
y Tarifas, y una red de organismos de desarrollo
dedicados a racionalizar y promover la prosperidad
material del planeta. Al cumplirse el siglo, sean
cuales sean las intenciones y por más que
la presente gama de instrumental sea burda, las
masas de la humanidad han podido comprobar que el
uso de la riqueza del planeta admite reorganizarse
en lo fundamental, en respuesta a concepciones enteramente
novedosas de lo que son las necesidades. El efecto
de estos cambios se vio enormemente potenciado por
la educación imparable de las masas. Aparte
de la disposición de los gobiernos, nacionales
y locales, de asignar recursos muy superiores a
este campo y la capacidad de la sociedad de movilizar
y formar ejércitos de maestros profesionalmente
cualificados, dos avances del siglo veinte destacan
por su particular influencia a nivel internacional.
El primero fue la serie de planes de desarrollo
centrados en las necesidades educativas, los cuales
contaron con la financiación masiva de entidades
como el Banco Mundial, organismos gubernamentales,
grandes fundaciones y varias ramas del sistema de
Naciones Unidas. El segundo fue la explosión
de la tecnología de la información,
que ha convertido a todos los habitantes de la tierra
en beneficiarios potenciales del conjunto del saber
del género humano.
Este proceso de reorganización estructural
a escala planetaria ha contado con los ánimos
y refuerzos que le facilitaba un profundo cambio
de conciencia. De forma brusca, poblaciones enteras
se encontraron forzadas a asumir, a cara descubierta,
los costes de inveterados hábitos mentales
generadores de conflictos, debiendo hacer frente
a una censura mundial que condenaba lo que antes
se reputaba como prácticas y actitudes aceptables.
El resultado fue el de estimular un cambio revolucionario
en la forma como las personas se veían unas
a otras. Por ejemplo, a lo largo de la historia,
la experiencia venía a demostrar -y la doctrina
religiosa así parecía confirmarlo-
que las mujeres eran esencialmente y por naturaleza
inferiores a los hombres. Pero de la noche a la
mañana -visto desde una perspectiva histórica-,
esta percepción dominante se
estaba batiendo en retirada en todas partes. Aunque
muy largo y penoso sea el proceso de dar pleno sentido
a la afirmación de Bahá'u'lláh
de que el hombre y la mujer son en todos los sentidos
iguales, es evidente que el apoyo intelectual y
moral del punto de vista opuesto se desintegra.
Otra fijación en la autoconciencia de la
humanidad a lo largo de los pasados milenios fue
la celebración de las distinciones étnicas,
las cuales cristalizaron en los siglos recientes
en varias fantasías racistas. Con una celeridad
pasmosa, si se atiende a la perspectiva histórica,
el siglo veinte ha visto cómo la unidad de
la raza humana se establecía como principio
rector del orden internacional. Hoy día,
los conflictos étnicos que continúan
asolando numerosas partes del mundo ya no se ven
como rasgos naturales de las relaciones entre pueblos
diversos, sino como aberraciones arbitrarias que
deben ser sometidas a un control internacional efectivo.
Durante la prolongada infancia de la humanidad también
se aceptaba, sin discusión, con la plena
concurrencia de la religión organizada, que
la pobreza constituía un rasgo permanente
e inevitable del orden social. Sin embargo, ahora,
tal mentalidad, cuya aceptación ha perfilado
las prioridades de todos los sistemas económicos
que el mundo haya conocido, es objeto del rechazo
universal. Al menos en teoría, en todas partes
se reconoce a los gobiernos como garantes esencialmente
responsables de asegurar el bienestar de todos los
miembros de la sociedad.
Especialmente significativa -debido a su íntima
relación con las raíces de la motivación
humana- fue la merma del poder ejercido por los
prejuicios religiosos. Prefigurado ya en el "Parlamento
de las Religiones", que tanto interés
suscitó a finales del siglo diecinueve, el
proceso de diálogo y colaboración
interreligioso reforzó los efectos del secularismo,
al socavar los muros otrora inconquistables de la
autoridad clerical. A la vista de la transformación
que han experimentado las concepciones religiosas
de antaño, incluso el brote actual de reacción
fundamentalista admite ser visto, retrospectivamente,
como poco más que las acciones de una retaguardia
desesperada frente a la disolución inevitable
del control sectario. En palabras de Bahá'u'lláh,
"no hay ninguna duda de que los pueblos del
mundo, cualquiera que sea su raza o religión,
derivan su inspiración de una sola Fuente
celestial, y son los súbditos de un solo
Dios".
Durante estos críticos decenios, también
la conciencia humana ha experimentado cambios fundamentales
en su modo de comprender el universo físico.
La primera mitad del siglo vio cómo las nuevas
teorías de la relatividad y de la mecánica
cuántica -ambas íntimamente relacionadas
con la naturaleza y operación de la luz-
revolucionaban el campo de la física y alteraban
el curso entero del desarrollo científico.
Se hizo evidente que la física clásica
sólo podía explicar los fenómenos
dentro de un marco limitado. De repente, se abría
una nueva puerta al estudio tanto de los corpúsculos
más diminutos del universo como de sus grandes
sistemas cosmológicos, un cambio cuyos efectos
trascendieron los dominios de la física para
sacudir los cimientos mismos de la cosmovisión
que había dominado el pensamiento científico
durante siglos. Era el definitivo adiós a
las imágenes de un mundo mecánico
accionado como un reloj, y a la supuesta separación
entre el observador y lo observado, entre mente
y materia. Con el telón de fondo que ofrecen
los fecundos estudios así concebidos, la
ciencia teórica ahora comienza a explorar
la posibilidad de que la inteligencia y la voluntad
sean inherentes a la naturaleza y operación
del universo.
A raíz de estos cambios conceptuales, la
humanidad ha ingresado en una era en que la interacción
entre las ciencias físicas -la física,
la química y la biología, acompañadas
de la incipiente ecología- ha abierto posibilidades
asombrosas para el realce de la vida. Diáfanos
e impresionantes son los beneficios cosechados en
áreas de vital interés como la agricultura
y la medicina, o los que se derivan del aprovechamiento
de las nuevas fuentes de energía. Al mismo
tiempo, el nuevo campo que abre la ciencia de los
materiales comienza a proporcionar una plétora
de recursos especializados desconocidos a principios
de siglo: plásticos, fibras ópticas,
fibras de carbono.
Los avances de la ciencia y tecnología tuvieron
efectos recíprocos. Los granos de arena -el
elemento material más humilde y de apariencia
más insignificante-, metamorfoseados en láminas
de sílice y en cristal óptico depurado,
han posibilitado la creación de redes de
comunicación mundial. Ello, junto con el
desarrollo de sistemas de satélites cada
vez más sofisticados, ha comenzado a facilitar
el acceso de las personas de todo el mundo, sin
distinción, al conocimiento acumulado por
la raza humana entera. Es evidente que los decenios
que tenemos por delante asistirán a la integración
de las tecnologías de la informática,
teléfono y televisión en un solo sistema
unificado de comunicación e información,
cuyos dispositivos estarán disponibles a
gran escala y bajo precio. Resulta difícil
exagerar el impacto psicológico y social
que tendrá el reemplazo previsto de la caterva
de sistemas monetarios existentes -para muchos,
el último bastión del orgullo nacional-
por una sola divisa mundial, la cual funcionará
en su mayor parte mediante impulsos electrónicos.
Ciertamente, el efecto unificador de la revolución
del siglo veinte en ninguna parte resulta tan palmario
como en las repercusiones de los cambios que han
tenido lugar en la vida científica y tecnológica.
Al nivel más elemental, la raza humana está
dotada ahora de los medios requeridos para realizar
las metas visionarias evocadas por una conciencia
en constante maduración. Visto con mayor
hondura, esta potenciación está ahora
virtualmente al alcance de todos los habitantes
de la tierra, sin distinción de raza, cultura
o nación. "Una nueva vida", vio
proféticamente Bahá'u'lláh,
"se agita, en esta época, dentro de
todos los pueblos de la tierra; y, no obstante,
nadie ha descubierto su causa o percibido SU motivo".
Hoy día, un siglo después de que estas
palabras fueran escritas, las repercusiones de lo
que ha acontecido desde entonces empiezan a ser
evidentes para todas las conciencias reflexivas.
III
Apreciar la transformación llevada a cabo
durante el período histórico que ahora
concluye no significa negar la oscuridad acompañante
que marca, con agudo contraste, semejantes logros:
el exterminio deliberado de millones de seres humanos
desamparados, la invención y uso de nuevas
armas de destrucción capaces de aniquilar
poblaciones enteras, el surgimiento de ideologías
que sofocaron la vida espiritual e intelectual de
naciones enteras, el daño causado al entorno
físico del planeta a una escala masiva que
acaso requiera siglos restañar, y el mal
incalculablemente mayor causado a generaciones de
niños a los que se ha llevado a creer que
la violencia, la indecencia y el egoísmo
son triunfos de la libertad personal. Éstas
son tan sólo las lacras más obvias
de un catálogo de males, sin parangón
en la historia, y cuyas lecciones legara nuestra
era para educación de las escarmentadas generaciones
que nos sigan.
Sin embargo, la oscuridad no es un fenómeno
dotado de existencia propia, y mucho menos de autonomía;
no extingue la luz ni la aminora, sino que subraya
esas zonas donde la luz no alcanza a iluminar debidamente.
Así será juzgada sin duda la civilización
del siglo veinte por los historiadores de una época
más madura y desapasionada. La ferocidad
de la naturaleza animal, que campeó desbocada
durante esos años críticos y que,
a veces, pareció amenazar la supervivencia
misma de la sociedad, no consiguió impedir
el desarrollo constante de las potencialidades creativas
que poseía y posee la conciencia humana.
Al contrario. Conforme el siglo avanzaba, era cada
vez mayor el número de personas que cobraba
conciencia de cuán huecas eran las lealtades
y cuán sin fundamento los temores que las
atenazaban pocos años atrás.
"Incomparable es este Día", insiste
Bahá'u'lláh, "pues es como el
ojo para las épocas y siglos pasados, y como
una luz para la oscuridad de los tiempos".
Desde esta perspectiva, la cuestión no es
la de la oscuridad que frenó y oscureció
el progreso logrado en los cien años extraordinarios
que ahora terminan, sino, antes bien, la de cuánto
sufrimiento y ruina habrá todavía
de experimentar nuestra raza hasta que aceptemos
de corazón la naturaleza espiritual que hace
de nosotros un solo pueblo, y cobremos fuerzas para
planear nuestro futuro a la luz de las lecciones
aprendidas con tanto dolor.
IV
La idea de la futura civilización que se
perfila en los escritos de Bahá'u'lláh
cuestiona buena parte de lo que hoy se impone en
nuestro mundo como normativo e inalterable. Los
grandes avances realizados durante el siglo de la
luz han abierto la puerta a una nueva clase de mundo.
Si la evolución social e intelectual se da
en respuesta efectiva a una inteligencia moral inherente
a la existencia, gran parte de la teoría
que orienta los enfoques contemporáneos sobre
la toma de decisiones se encuentra fatalmente viciada.
Si la conciencia humana posee una naturaleza esencialmente
espiritual -según ha sido siempre la intuición
de la gran mayoría de las personas comunes-,
sus necesidades de desarrollo no pueden entenderse
ni servirse mediante una interpretación de
la realidad que insiste dogmáticamente en
sentido opuesto.
Ningún aspecto de la civilización
contemporánea queda más frontalmente
cuestionado por la concepción de futuro que
expresa Bahá'u'lláh que el culto reinante
al individualismo, hoy extendido a la mayor parte
del mundo. Sustentada culturalmente, a la par por
las ideologías políticas, por el elitismo
académico y por la sociedad de consumo, la
"búsqueda de la felicidad" ha originado
un sentido agresivo y casi ilimitado de derecho
personal. Las consecuencias morales han sido corrosivas
por igual para el individuo y para la sociedad,
y arrolladoras si se mide en enfermedades, drogadicción
y otros azotes demasiado presentes al final de siglo.
La tarea de liberar a la humanidad de un error tan
fundamental y extendido requerirá que se
pongan en cuestión algunos de los supuestos
más arraigados que sobre el bien y el mal
acogió el siglo veinte.
¿Cuáles son algunos de estos supuestos
no examinados? El más obvio es la convicción
de que la unidad es un ideal distante, casi inalcanzable,
que habrá de afrontarse sólo después
de que se haya resuelto, no se sabe bien cómo,
una miríada de conflictos políticos,
necesidades materiales e injusticias. Empero, el
caso -afirma Bahá'u'lláh- es el inverso.
La enfermedad primaria que aflige a la sociedad
y que genera los males que la mutilan -asegura-
es la desunión de una raza humana que se
distingue por su capacidad de colaboración
y cuyo progreso, hasta la fecha, ha dependido de
la medida en que en diferentes etapas y diversas
sociedades se ha plasmado una acción unificada.
Aferrarse a la noción de que el conflicto
constituye un rasgo intrínseco de la naturaleza
humana, en vez de un complejo de hábitos
y actitudes adquiridos, equivale a imponer al nuevo
siglo un error que, más que ningún
otro factor aislado, ha condicionado trágicamente
el pasado de la humanidad. "Considerad el mundo",
aconsejaba Bahá'u'lláh a los dirigentes
electivos, "como al cuerpo humano que, aunque
al ser creado es completo y perfecto, por varias
causas ha sido afligido por graves desórdenes
y enfermedades".
Íntimamente relacionado con la cuestión
de la unidad, hay un segundo reto moral que el siglo
que ahora se agota ha planteado con una urgencia
cada vez mayor. A los ojos de Dios, reitera Bahá'u'lláh,
la justicia es la "más amada de todas
las cosas". Faculta a la persona para que vea
la realidad a través de sus propios ojos,
en vez de por los de su vecino, y dota a la toma
colectiva de decisiones de la única clase
de autoridad que puede garantizar la unidad de pensamiento
y acción. Por muy gratificante que sea el
sistema de orden internacional que surgió
de las experiencias desgarradoras del siglo veinte,
la perduración de su influencia dependerá
de que se acepte el principio moral implícito
en él. Si el conjunto de la humanidad es
uno e indivisible, entonces la autoridad que ejercen
las instituciones de gobierno representa, en esencia,
un fideicomiso. Cada persona individual llega al
mundo bajo la responsabilidad del conjunto, y es
este rasgo de la existencia humana lo que constituye
el cimiento real de los derechos sociales, económicos
y culturales que la Carta de Naciones Unidas y los
documentos relacionados articulan. La justicia y
la unidad ejercen un efecto recíproco. "El
propósito de la justicia", escribió
Bahá'u'lláh, "es el de la aparición
de la unidad entre los hombres. El océano
de la sabiduría divina se eleva dentro de
esta exaltada palabra, en tanto que los libros del
mundo no pueden contener su significado interior".
Conforme la sociedad se compromete -por más
que de forma vacilante y temerosa- con estos y otros
principios morales relacionados, el papel más
significativo que se ofrece al individuo es el del
servicio. Una de las paradojas de la vida humana
consiste en que el desarrollo de la personalidad
tiene lugar primariamente a través del compromiso
en empresas más amplias en las que el yo
-aunque sea temporalmente- se olvida. En una época
que ofrece a las gentes de toda condición
la oportunidad de participar efectivamente en la
configuración del propio orden social, el
ideal del servicio a los demás asume un significado
enteramente nuevo. Exaltar metas tales como las
ganancias y la reafirmación del yo como el
propósito de la vida, es promover principalmente
el lado animal de la naturaleza humana. Y tampoco
pueden los mensajes simplistas de salvación
personal dar respuesta a los anhelos de generaciones
que han podido comprobar, con honda certidumbre,
que la verdadera realización compete tanto
a este mundo como al venidero. "Preocupaos
fervientemente por las necesidades de la época
en que vivís", aconsejaba Bahá'u'lláh
"y centrad vuestras deliberaciones en sus exigencias
y requisitos".
Tal perspectiva conlleva profundas repercusiones
para la conducción de los asuntos humanos.
Es obvio, por ejemplo, que, cualesquiera que sean
las aportaciones del pasado, cuanto más perdure
el estado-nación como influencia dominante
en la determinación de la suerte de la humanidad,
tanto más se relegará la consecución
de la paz mundial, y tanto mayor será el
sufrimiento infligido sobre la población
de la tierra. En la vida económica de la
humanidad, no importa cuán grande sea la
bonanza producida por la globalización, es
evidente que este proceso también acarrea
concentraciones sin parangón de poder autocrático
que habrán de someterse al control democrático
internacional, si no se quiere que generen pobreza
y desesperación para millones de seres humanos.
De igual modo, los cambios históricos en
la tecnología de la información y
comunicación, que comportan medios tan potentes
para el avance y promoción del desarrollo
social y del refuerzo de la conciencia global en
común, pueden, con igual fuerza, desviar
y embrutecer impulsos que son vitales para el servicio
de este mismo proceso.
V
Lo que Bahá'u'lláh plantea es una
nueva relación entre Dios y la humanidad
que esté en armonía con la madurez
incipiente de la raza. La Realidad última
que ha creado y sostiene el universo permanecerá
para siempre más allá del alcance
de la mente humana. La relación consciente
de la humanidad con ella, en la medida en que se
ha establecido, ha sido el resultado de la influencia
de los Fundadores de las grandes religiones: Moisés,
Zoroastro, Buda, Jesús, Muhammad y figuras
anteriores cuyos nombres, en su mayor parte, han
caído en el olvido. Al responder a estos
impulsos de lo divino, los pueblos de la tierra
han desarrollado progresivamente capacidades espirituales,
intelectuales y morales empeñadas en civilizar
el carácter de la persona. Este proceso acumulativo
y milenario ha llegado ahora a una de esas etapas
características de las encrucijadas decisivas
del proceso evolutivo, en las que surgen de repente
posibilidades nunca antes alcanzadas: "Éste
es el Día", afirma Bahá'u'lláh
"en que los favores más excelentes de
Dios se han derramado sobre los hombres, el día
en que Su poderosísima gracia ha sido infundida
en todas las cosas creadas".
Vista a través de los ojos de Bahá'u'lláh,
la historia de las tribus, pueblos y naciones ha
llegado efectivamente a su conclusión.
Lo que presenciamos ahora es el comienzo de la historia
de la humanidad, la historia de una raza humana
consciente de su propia unicidad. Para esta hora
decisiva en el curso de la civilización,
sus escritos aportan una definición de la
naturaleza y proceso de la civilización,
así como un orden de prioridades. Su objetivo
es el de invitarnos a retornar a una conciencia
y responsabilidad espirituales.
No hay nada en los escritos de Bahá'u'lláh
que abone la ilusión de que los cambios previstos
serán efectuados llanamente. Antes al contrario.
Tal como los acontecimientos del siglo veinte han
demostrado ya, las pautas de hábitos y actitudes
arraigadas durante milenios no se abandonan de forma
espontánea, ni en respuesta simplemente a
la educación o actuación legislativa.
Antes bien, en la vida del individuo o de la sociedad,
los cambios profundos normalmente ocurren en respuesta
a los sufrimientos intensos y a dificultades insostenibles
que no dejan otra salida. Precisamente es el sufrimiento
de prueba tan grande -avisa Bahá'u'lláh-
lo que se necesita para fundir a los diversos pueblos
de la tierra en un solo pueblo.
La concepción espiritual y materialista de
la naturaleza de la realidad son irreconciliables
entre sí y desembocan en direcciones opuestas.
Al abrirse el nuevo siglo, el curso marcado por
la segunda de estas dos visiones opuestas ha llevado
a una humanidad desamparada a rebasar el punto límite
en el que podía alimentarse una ilusión
de racionalidad, ya no se diga de bienestar humano.
Con cada día que pasa, se multiplican las
muestras de que por doquier grandes masas de personas
están llegando a esta misma conclusión.
A pesar de la opinión muy extendida en sentido
contrario, la raza humana no es una tabla rasa sobre
la que árbitros privilegiados de los asuntos
humanos puedan inscribir libremente sus propios
deseos. Las fuentes del espíritu manan desde
donde es su voluntad, según su voluntad.
No van a seguir siendo indefinidamente sofocadas
por los detritus de la sociedad contemporánea.
Ya no hace falta visión profética
para apreciar que los años iniciales del
nuevo siglo presenciarán la liberación
de energías y aspiraciones infinitamente
más potentes que las rutinas, falsedades
y adicciones que durante tanto tiempo han bloqueado
su expresión.
Por muy grande que sea la agitación, el período
al que se dirige la humanidad va a ofrecer a toda
persona, a toda institución y a toda comunidad
de la tierra oportunidades sin precedentes de participar
en la configuración del futuro del planeta.
"Pronto", es la promesa segura de Bahá'u'lláh,
"el orden actual será enrollado, y otro
nuevo desplegado en su lugar".
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