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A Los Pueblos Del Mundo:
La Gran Paz hacia la que las gentes de buena voluntad
han inclinado sus corazones a lo largo de los siglos,
esa paz que los videntes y los poetas han vaticinado
generación tras generación y que han
prometido constantemente las sagradas escrituras
de la humanidad, está, por fin, al alcance
de todas las naciones. Por primera vez en la historia
puede contemplarse el planeta entero, con toda su
gran variedad de pueblos, en una sola perspectiva.
La paz del mundo no sólo es posible, sino
también inevitable. La próxima etapa
en la evolución de este planeta es, en palabras
de un gran pensador, "la planetización
de la humanidad."
Que la paz haya de alcanzarse sólo después
de inimaginables horrores provocados por el empecinado
apego de la humanidad a viejas normas de conducta,
o que haya de abrazarse ahora, por medio de un acto
voluntario resultado de una gran consulta, es lo
que tienen que decidir todos los habitantes de la
tierra. En esta encrucijada decisiva, cuando los
arduos problemas que enfrentan a las naciones han
sido fundidos en una sola preocupación para
todo el mundo, el no frenar la corriente de conflicto
y desorden sería un acto inconscientemente
irresponsable.
Entre las señales favorables están
el creciente fortalecimiento de las medidas destinadas
a establecer un nuevo orden mundial que se tomaron
inicialmente, casi al comienzo de este siglo, con
la creación de la Liga de las Naciones, seguida
por la Organización de las Naciones Unidas,
de más amplio alcance; el hecho de que, después
de la Segunda Guerra Mundial, la mayor parte de
las naciones de la tierra lograra su independencia
prueba de madurez del proceso de formación
nacional de los pueblos, así como la cooperación
de estas naciones incipientes con las naciones más
antiguas en la búsqueda de soluciones a problemas
comunes; el aumento consiguiente de la cooperación
entre pueblos y grupos, hasta entonces aislados
y antagonistas, en los campos de la ciencia, la
educación, el derecho, la economía
y la cultura; el surgimiento, durante los últimos
decenios, de un número sin precedentes de
organizaciones humanitarias internacionales; la
proliferación de movimientos femeninos y
juveniles que trabajan para que se ponga fin a las
guerras, y la generación espontánea
de crecientes asociaciones de gente común
en busca de la comprensión mediante la comunicación
personal.
Los adelantos científicos y tecnológicos
logrados en este siglo extraordinario presagian
un gran salto hacia adelante en la evolución
social del planeta e indican los medios para resolver
los problemas materiales de la humanidad. En realidad,
estos adelantos constituyen los medios mismos para
la administración de la compleja vida de
un mundo unido. Pero los obstáculos todavía
existen. Las dudas, los conceptos erróneos,
los prejuicios, las sospechas y las mezquindades
acosan a los pueblos y naciones en sus relaciones
mutuas.
Como resultado de un profundo sentimiento del deber
espiritual y moral, nos vemos obligados, en este
momento oportuno, a llamar la atención de
ustedes sobre las penetrantes ideas de las cuales
nosotros somos depositarios que Bahá'u'lláh,
el fundador de la Fe Bahá'í, comunicó
en primicia a los gobernantes de la humanidad hace
más de un siglo.
Escribió Bahá'u'lláh: "Los
vientos de la desesperación, lamentablemente,
soplan desde todas direcciones, y la disensión
que divide y aflige a la raza humana aumenta día
a día. Ya se perciben los signos de convulsiones
y caos inminentes, por cuanto el orden prevaleciente
demuestra ser deplorablemente defectuoso".
Este juicio profético ha sido ampliamente
confirmado por la experiencia general de la humanidad.
Las deficiencias del orden establecido se reflejan
en la incapacidad de los estados soberanos que forman
las Naciones Unidas para exorcizar el espectro de
la guerra, el amenazante fracaso del orden económico
internacional, la expansión de la anarquía
y el terrorismo, y el atroz sufrimiento que éstos
y otros males causan cada vez a más millones
de seres humanos. En verdad, tanta agresión
y conflicto han llegado a caracterizar de tal forma
nuestros sistemas sociales, económicos y
religiosos que muchas personas han sucumbido a la
creencia de que dicha conducta es intrínseca
a la naturaleza humana y que, por lo tanto, no se
puede erradicar.
Con el afianzamiento de este punto de vista, se
ha desarrollado una contradicción paralizante
en los acontecimientos humanos. Por una parte, gentes
de todas las naciones proclaman no sólo su
buena disposición, sino también su
anhelo de paz y concordia para que desaparezcan
los acuciantes temores que atormentan su vida diaria.
Por otra parte, se acepta con conformidad la tesis
de que los seres humanos son incorregiblemente egoístas
y agresivos y, por lo tanto, incapaces de construir
un sistema social que sea a la vez progresista y
pacífico, dinámico y armónico,
un sistema que permita el libre juego de la creatividad
e iniciativa individuales, pero basado en la cooperación
y la reciprocidad.
A medida que la necesidad de la paz se vuelve más
apremiante, esta contradicción fundamental,
que impide su realización, exige una nueva
evaluación de las suposiciones sobre las
que se basa el punto de vista común del destino
histórico de la humanidad. Examinándola
desapasionadamente, la evidencia revela que dicha
conducta, lejos de reflejar la genuina naturaleza
del hombre, representa una tergiversación
de su espíritu. La rectificación de
este punto de vista permitirá a todos poner
en marcha las fuerzas sociales constructivas que,
por ser acordes con la naturaleza humana, producirán
concordia y cooperación en vez de guerras
y conflictos.
El seguir tal camino no es negar el pasado de la
humanidad, sino comprenderlo. La Fe Bahá'í
contempla la confusión actual del mundo y
el lastimoso estado de los acontecimientos humanos
como una etapa natural de un proceso orgánico
que llevará, final e inevitablemente, a la
unificación de la humanidad dentro de un
orden social único, cuyos límites
serán los del planeta. La humanidad, como
unidad orgánica característica, ha
pasado por etapas evolutivas análogas a las
etapas de la infancia y la adolescencia de los individuos
y se encuentra ahora en el período de culminación
de su turbulenta adolescencia, llegando a su tan
esperada mayoría de edad.
Un reconocimiento sincero de que el prejuicio,
la guerra y la explotación han sido la expresión
de etapas de inmadurez de un vasto proceso histórico,
y que la humanidad experimenta hoy el inevitable
tumulto que indica la llegada colectiva a su mayoría
de edad, no es razón para desesperarse, sino
un requisito previo para emprender la formidable
tarea de construir un mundo pacífico. Que
semejante empresa es posible, que existen las fuerzas
constructivas que se necesitan para tal fin, que
es posible levantar estructuras sociales unificadoras,
es el tema que les exhortamos a examinar.
Sea cual fuere el sufrimiento y la confusión
que nos deparen los próximos años,
así como la oscuridad de las circunstancias
inmediatas, la comunidad bahá'í cree
que la humanidad puede enfrentarse a esta prueba
suprema con confianza en el resultado final. Lejos
de ser indicios del fin de la civilización,
los cambios convulsivos hacia los cuales la humanidad
se precipita cada vez más rápidamente
servirán para desencadenar las "potencialidades
inherentes a la posición del hombre"
y para revelar "la medida plena de su destino
en el mundo y la excelencia innata de su realidad."
- I -
Los dones que distinguen al ser humano de todas
las demás formas de vida se resumen en lo
que se conoce como el espíritu humano; la
mente es su característica fundamental. Estos
dones han hecho posible que la humanidad construyera
civilizaciones y disfrutara de prosperidad material.
Pero tales triunfos por sí solos no han satisfecho
nunca al espíritu humano, cuya naturaleza
misteriosa le inclina hacia lo trascendente, hacia
un anhelo de alcanzar un reino invisible, hacia
una realidad última, hacia esa desconocida
esencia de las esencias que se llama Dios. Las religiones,
reveladas a la humanidad por una sucesión
de luminarias espirituales, han sido el vínculo
fundamental entre el ser humano y esa realidad última
y han galvanizado y refinado la capacidad de la
humanidad para alcanzar el éxito espiritual
junto con el progreso social.
Ningún intento serio para corregir los asuntos
humanos, para alcanzar la paz mundial, puede prescindir
de la religión. El concepto y práctica
de la misma por el hombre son, de manera determinante,
el material de la historia. Un eminente historiador
describió la religión como una "facultad
de la naturaleza humana." Ahora bien, no se
puede negar que la perversión de esta facultad
ha contribuido a crear confusión en la sociedad
y conflictos entre los individuos. Pero tampoco
puede ningún observador sensato descartar
la influencia preponderante que ha ejercido la religión
sobre las expresiones vitales de la civilización.
Más aún, su carácter indispensable
para el orden social ha sido demostrado repetidamente
por su efecto directo sobre la ley y la moral.
Al referirse a la religión como una fuerza
social, Bahá'u'lláh escribió:
"La religión es el mayor de todos los
medios para el establecimiento del orden en el mundo
y para la pacífica satisfacción de
todos los que lo habitan." Respecto al eclipse
o corrupción de la religión, escribió:
"Si la lámpara de la religión
se apagara, el caos y la confusión sobrevendrían,
y las luces de la equidad, de la justicia, de la
tranquilidad y de la paz dejarían de brillar."
En una enumeración de dichas consecuencias,
las escrituras bahá'ís señalan
que la "perversión de la naturaleza
humana, la degradación de la conducta humana,
la corrupción y la disolución de las
instituciones humanas, se revelan ellas mismas,
bajo tales circunstancias, en sus peores y más
repugnantes aspectos. Se envilece el carácter
humano, la confianza vacila, los nervios de la disciplina
se relajan, la decencia y la vergüenza se oscurecen,
las concepciones del deber, de la solidaridad, de
la reciprocidad y de la lealtad se distorsionan,
y hasta el sentimiento de paz, de alegría
y de esperanza se extingue gradualmente."
En consecuencia, si la humanidad ha llegado a un
punto de conflicto paralizante, debe buscar dentro
de sí misma, dentro de su propia negligencia
en los cantos de sirena que ha escuchado, hasta
encontrar la fuente de la incomprensión y
la confusión perpetradas en nombre de la
religión. Aquellos que se han aferrado ciega
y egoístamente a sus propias ortodoxias,
quienes han impuesto sobre sus fervientes devotos
interpretaciones erróneas y conflictivas
de las declaraciones de los Profetas de Dios, tienen
una gran responsabilidad por esta confusión
que se complica por las barreras artificiales que
se levantan entre la fe y la razón, la religión
y la ciencia. Pues si se hace un sereno examen de
las verdaderas aseveraciones de los Fundadores de
las grandes religiones, y de los medios sociales
en que se vieron obligados a realizar sus misiones,
no hay nada que apoye las contiendas y prejuicios
que trastornan a las comunidades religiosas de la
humanidad y, por lo tanto, a todos los asuntos humanos.
La máxima de que deberíamos tratar
a los demás como quisiéramos que se
nos tratara a nosotros mismos, un principio de ética
que se repite constantemente en las enseñanzas
de todas las grandes religiones, fortalece esta
última observación en dos aspectos
particulares: resume la actividad moral, el aspecto
pacificador que caracteriza a estas religiones,
independientemente de su lugar o época de
origen; también revela un aspecto de unidad
que es su virtud fundamental, una virtud que la
humanidad en su visión disociada de la historia
no ha sabido apreciar.
Si la humanidad hubiera visto a los Educadores
de su infancia colectiva en su verdadera dimensión,
como agentes de un proceso civilizador, no hay duda
que hubiera cosechado beneficios mucho mayores por
el efecto acumulado de las misiones sucesivas de
tales Educadores. Esto, lamentablemente, no ha sucedido
así.
El resurgimiento del fervor fanático religioso
que se observa en muchos países no puede
calificarse más que de convulsión
agonizante. La naturaleza propia de los fenómenos
violentos y disociadores, que se relacionan con
dicho resurgimiento, da testimonio de la bancarrota
espiritual que representa. Realmente, una de las
características más extrañas
y tristes del fanatismo religioso es el extremo
hasta el que está socavando, en cada caso
particular, no sólo los valores espirituales
que conducen a la unidad de la humanidad, sino también
aquellas singulares victorias morales ganadas por
la religión determinada a la que pretende
servir.
Pese a que la religión haya sido una gran
fuerza vital en la historia de la humanidad, y por
dramático que sea el actual resurgimiento
del fanatismo religioso militante, desde hace décadas,
un número cada vez mayor de personas considera
que la religión y las instituciones religiosas
están desconectadas de las principales inquietudes
del mundo moderno. En lugar suyo, la gente se ha
entregado a la búsqueda hedonista de la satisfacción
material, o a ideologías del origen humano,
diseñadas para rescatar a la sociedad de
los males evidentes bajo los cuales sufre. Lamentablemente,
muchas de estas ideologías, en vez de abrazar
el concepto de la unidad de la humanidad y de promover
una creciente concordia entre los diferentes pueblos,
han tendido a deificar el Estado, a subordinar al
resto de la humanidad a los dictados de una nación,
raza o clase, a intentar suprimir toda discusión
e intercambio de ideas, o a abandonar despiadadamente
a merced de la economía de mercado a millones
de seres hambrientos; todo lo cual agrava claramente
la situación de la mayoría de la humanidad,
mientras permite que pequeños sectores vivan
en una prosperidad que difícilmente hubieran
imaginado nuestros antepasados.
Cuán trágico es el historial de las
falsas religiones creadas por los sabios mundanos
de nuestra época. En la desilusión
masiva de poblaciones enteras a quienes se les ha
enseñado a adorar en los altares de dichas
religiones, puede leerse el veredicto irrevocable
de la historia sobre los valores de las mismas.
Los frutos que han producido estas doctrinas, después
de decenios de un creciente y desenfrenado ejercicio
de poder por parte de aquellos que les deben su
ascendencia en los asuntos humanos, son los males
sociales y económicos que afligen a cada
región de nuestro mundo en los años
finales del siglo XX. Fundamentando todas estas
aflicciones exteriores está el daño
espiritual, reflejado en la apatía que ha
atrapado a las masas de los pueblos de todas las
naciones, y la desaparición de la esperanza
en los corazones de millones de seres despojados
y angustiados.
Ha llegado la hora de que aquellos que predican
los dogmas del materialismo, ya sean de Oriente
o de Occidente, ya sean los del capitalismo o los
del socialismo, rindan cuenta del liderazgo moral
que presumen haber ejercido. ¿Dónde
está el "nuevo mundo" prometido
por estas ideologías? ¿Dónde
está la paz internacional a cuyos ideales
proclaman su devoción? ¿Dónde
están los adelantos en nuevos campos de realizaciones
culturales producidos por el engrandecimiento de
tal raza, de tal nación o de tal clase en
particular? ¿Por qué la inmensa mayoría
de los pueblos del mundo se está hundiendo
cada vez más en el hambre y la miseria, mientras
la riqueza, en una escala que nunca soñaron
los faraones, los césares o aun las potencias
imperialistas del siglo XIX, está a disposición
de los actuales árbitros de los asuntos humanos?
Muy especialmente, en la glorificación de
los fines materiales, a la vez origen y característica
común de todas esas ideologías, es
donde se encuentran las raíces con las que
se nutre el sofisma de que los seres humanos son
incorregiblemente egoístas y agresivos. Es
aquí, precisamente, donde debe limpiarse
el terreno para construir un nuevo mundo digno de
nuestros descendientes.
El hecho de que los ideales materialistas, a la
luz de la experiencia, hayan fracasado en satisfacer
las necesidades de la humanidad, reclama a un reconocimiento
sincero de que hay que hacer un nuevo esfuerzo para
encontrar las soluciones a los angustiosos problemas
del planeta. Las condiciones intolerables que prevalecen
en la sociedad reflejan un fracaso común
de todos ellos, circunstancia que incrementa, en
vez de aliviarlas, las tensiones que predominan
en todos los bandos. Está claro que se requiere
un esfuerzo común para remediarlo. Es primordialmente
una cuestión de actitud. ¿Continuará
la humanidad a la deriva, aferrándose a conceptos
obsoletos y a creencias impracticables? ¿O
darán sus líderes un paso adelante
con voluntad decidida, prescindiendo de ideologías,
para unirse en la búsqueda conjunta de soluciones
adecuadas?
Quienes se preocupan por el porvenir de la humanidad
bien debieran reflexionar sobre este consejo: "Si
los ideales por tanto tiempo apreciados y las instituciones
por tanto tiempo veneradas; si ciertas suposiciones
sociales y fórmulas religiosas han dejado
de fomentar el bienestar de la mayoría de
la humanidad; si ya no satisfacen las necesidades
de una humanidad en continua evolución, que
se descarten y releguen al limbo de las doctrinas
obsoletas y olvidadas. ¿Por qué éstas,
en un mundo sujeto a la inmutable ley del cambio
y la decadencia, han de quedar exentas del deterioro
que necesariamente se apodera de toda institución
humana? Porque las normas legales, las teorías
políticas y económicas han sido diseñadas
únicamente para defender los intereses de
toda la humanidad y no para que ésta sea
crucificada por la conservación de la integridad
de alguna ley o doctrina determinada."
- II -
Prohibir las armas nucleares, el uso de gases venenosos
o declarar ilegal la guerra bacteriológica
no eliminará de raíz las causas de
las guerras. Por muy importantes que sean dichas
medidas prácticas como parte del proceso
de paz, son en sí demasiado superficiales
como para ejercer alguna influencia duradera. Los
hombres son lo suficientemente ingeniosos como para
inventar otras formas de guerra y usar los alimentos,
las materias primas, las finanzas, el poder industrial,
la ideología y el terrorismo como instrumentos
de subversión de unos contra otros en una
interminable pugna por la supremacía y el
dominio. Tampoco es posible resolver el trastorno
masivo de los asuntos de la humanidad arreglando
problemas o conflictos específicos entre
las naciones. Debe adoptarse un auténtico
sistema universal.
Ciertamente, los líderes de las naciones
son conscientes de la naturaleza mundial del problema,
les es evidente dados los conflictos con que se
enfrentan cada día. Y se han propuesto y
acumulado estudios y soluciones por muchos grupos
cultos y concienciados, así como por los
organismos de las Naciones Unidas, para eliminar
cualquier posible ignorancia en cuanto a los desafiantes
requerimientos que se deben satisfacer. Existe,
sin embargo, una parálisis de voluntad, y
es esto precisamente lo que hay que analizar y tratar
resueltamente. Esta parálisis radica, como
hemos dicho, en una convicción profunda sobre
la naturaleza inevitablemente belicosa de la humanidad;
esto ha llevado a no querer considerar la posible
subordinación del interés nacional
a las exigencias del orden mundial y a una falta
de voluntad para encarar valientemente las inmensas
implicaciones que se derivarían del establecimiento
de una autoridad en un mundo unido. Se puede atribuir
también a la incapacidad de las masas ignorantes
y subyugadas para expresar su deseo de un nuevo
orden en el que puedan vivir en paz, concordia y
prosperidad con toda la humanidad.
Los pasos y tentativas hacia un orden mundial,
especialmente desde la Segunda Guerra Mundial, dan
señales de esperanza. La creciente tendencia
de grupos de naciones a formalizar relaciones que
les permitan cooperar en asuntos de interés
mutuo indica que, a la postre, todas las naciones
podrían superar esta parálisis. La
Asociación de Naciones del Sudeste de Asia,
la Comunidad y el Mercado Común del Caribe,
el Mercado Común Centroamericano, el Consejo
para Asistencia Económica Mutua, las Comunidades
Europeas, la Liga de Estados Árabes, la Organización
para la Unidad Africana, la Organización
de Estados Americanos, el Foro del Pacífico
Sur-todos los esfuerzos conjuntos representados
por dichas organizaciones preparan el camino hacia
un orden mundial.
La creciente atención que se presta a algunos
de los problemas más serios del planeta es
otra señal de esperanza. A pesar de las claras
deficiencias de las Naciones Unidas, la multitud
de declaraciones y convenciones adoptadas por dicha
organización, aun aquellas en las que los
Gobiernos no se han comprometido con entusiasmo,
le han dado a la gente común una nueva esperanza
en la vida. La Declaración Universal de los
Derechos Humanos, la Convención para la Prevención
y Castigo del Delito de Genocidio, así como
las medidas similares relativas a la eliminación
de toda forma de discriminación basada en
la raza, el sexo o las creencias religiosas; la
defensa de los derechos de los niños; las
medidas de protección contra la tortura de
los seres humanos; la erradicación del hambre
y la desnutrición; el uso del progreso científico
y tecnológico para fines pacíficos
y en beneficio de la humanidad, todas estas medidas,
si se aplican y se extienden con valentía,
adelantarán la llegada del día en
que el espectro de la guerra pierda su fuerza para
dominar las relaciones internacionales. No es preciso
subrayar la importancia de los asuntos que tratan
dichas declaraciones y convenciones, pero algunos
en concreto, debido a su repercusión inmediata
en el establecimiento de la paz mundial, merecen
mayores comentarios.
El racismo, uno de los males más funestos
y persistentes, es un gran obstáculo para
la paz. Su práctica perpetra una violación
tan ultrajante de la dignidad de los seres humanos
que no debe fomentarse bajo ningún pretexto.
El racismo retrasa el desarrollo de las potencialidades
ilimitadas de sus víctimas, corrompe a los
que lo cometen y malogra el progreso humano. El
reconocimiento de la unidad de la humanidad, llevado
a cabo por medidas legales adecuadas, debe ser universalmente
defendido para poder superar este problema.
La excesiva desigualdad entre ricos y pobres, fuente
de grandes sufrimientos, mantiene al mundo en estado
de constante inestabilidad, virtualmente al borde
de la guerra. Pocas sociedades han encarado de forma
efectiva esta situación. La solución
exige la aplicación conjunta de enfoques
espirituales, morales y prácticos. Hay que
observar el problema con una mirada nueva, libre
de polémicas económicas e ideológicas,
lo cual implica consultar con expertos en una amplia
gama de disciplinas y lograr la participación
de las gentes que resultarían directamente
afectadas por las decisiones que deben tomarse con
urgencia. Es un asunto que está ligado no
sólo con la necesidad de eliminar los extremos
de riqueza y pobreza, sino también con aquellas
realidades espirituales cuya comprensión
puede producir una nueva actitud universal. El promover
tal actitud es ya, en sí mismo, una parte
importante de la solución.
El nacionalismo desenfrenado, que es diferente
de un patriotismo sano y legítimo, debe ceder
ante una lealtad más amplia: el amor a toda
la humanidad. La declaración de Bahá'u'lláh
es la siguiente: "La tierra es un solo país,
y la humanidad, sus ciudadanos." El concepto
de la ciudadanía mundial es el resultado
directo de la contracción del mundo en una
sola vecindad por medio de los adelantos científicos
y de la indiscutible dependencia entre las naciones.
El amor a todos los pueblos del mundo no excluye
el amor al propio país. Se beneficia más
una parte determinada de la sociedad mundial cuando
se fomenta el beneficio de la totalidad. Las actividades
internacionales actuales en diversos campos, que
estimulan el afecto mutuo y el sentido de la solidaridad
entre los pueblos, deben ser ampliamente multiplicadas.
El conflicto religioso a lo largo de la historia
ha sido causa de innumerables guerras y contiendas,
un gran obstáculo para el progreso y algo
cada vez más aborrecible para creyentes e
incrédulos. Los creyentes de todas las religiones
deben estar dispuestos a afrontar las preguntas
fundamentales que plantean estos conflicto y llegar
a respuestas claras. ¿Cómo deben resolverse
las diferencias entre ellos tanto en la teoría
como en la práctica? El desafío con
el que se enfrentan los líderes religiosos
de la humanidad consiste en contemplar la situación
de la misma, con sus corazones llenos de espíritu
de compasión y de anhelo por la verdad, y
preguntarse a sí mismos si no pueden, humildemente
ante su Creador Todopoderoso, disolver sus diferencias
teológicas en un gran espíritu de
tolerancia mutua que les permita trabajar juntos
por el progreso de la comprensión y la paz
humanas.
La emancipación de las mujeres, el logro
de la igualdad total entre ambos sexos, es uno de
los más importantes requisitos previos para
la paz, aunque sea uno de los menos reconocidos.
La negación de dicha igualdad perpetra una
injusticia contra la mitad de la población
del mundo y provoca en los hombres actitudes y costumbres
nocivas que se llevan de la familia al trabajo,
a la vida política y, por último,
a las relaciones internacionales. No existen bases
morales, prácticas ni biológicas para
justificar tal negación. Sólo en la
medida en que las mujeres sean aceptadas con plena
igualdad en todos los campos del quehacer humano,
se creará el clima moral y psicológico
del que puede surgir la paz internacional.
La causa de la educación universal, en la
que ya presta sus servicios todo un ejército
de personas abnegadas de todos los credos y países,
merece el mayor apoyo que le puedan dar los Gobiernos
del mundo, pues, indiscutiblemente, la ignorancia
es la razón principal de la decadencia y
caída de los pueblos y de la perpetuación
de los prejuicios. Ninguna nación podrá
alcanzar el éxito si no pone la educación
al alcance de todos los ciudadanos. La falta de
recursos limita la capacidad de muchas naciones
para cumplir con esta necesidad, lo que impone un
cierto orden de prioridades. Los estamentos responsables
deberían considerar la necesidad de dar prioridad
a la educación de las mujeres y niñas,
puesto que es a través de madres formadas
como se pueden transmitir, más efectiva y
rápidamente a la sociedad, los beneficios
del conocimiento. Para cumplir con los requisitos
de nuestro tiempo, debe prestarse atención
también a la enseñanza del concepto
de ciudadanía mundial como parte del programa
educativo de cada niño.
Una carencia fundamental de comunicación
entre los pueblos perjudica seriamente los esfuerzos
que se hacen para alcanzar la paz mundial. La adopción
de un idioma auxiliar internacional contribuiría
mucho a resolver este problema, por lo que urge
prestarle la máxima atención.
De todos estos asuntos hay dos que merecen destacarse.
El primero es que la abolición de la guerra
no es simplemente cuestión de firmar tratados
y protocolos; es una tarea compleja que exige un
nuevo nivel de compromiso para resolver los problemas
que habitualmente no se relacionan con la búsqueda
de la paz. Al basarse solamente en convenios políticos,
la idea de la seguridad colectiva resulta ser una
quimera. El otro es que el desafío primordial
al tratar de los asuntos de la paz consiste en elevar
el contexto al nivel de los principios para diferenciarlo
de un mero pragmatismo. Porque, en esencia, la paz
proviene de un estado interior apoyado por una actitud
espiritual o moral, y es precisamente en la evocación
de esta actitud donde puede encontrarse la posibilidad
de soluciones duraderas.
Hay principios espirituales, o lo que algunos llaman
valores humanos, con los que es posible encontrar
soluciones para todo problema social. Cualquier
grupo bienintencionado puede elaborar soluciones
prácticas para sus problemas en un sentido
general, pero las buenas intenciones y los conocimientos
prácticos no suelen ser suficientes. El mérito
esencial del principio espiritual consiste no sólo
en que presenta una perspectiva acorde con lo que
es inherente a la naturaleza humana, sino que también
induce a una actitud, una dinámica, una voluntad,
una aspiración que facilitan el descubrimiento
y la aplicación de medidas prácticas.
Los gobernantes y todos los que ostentan alguna
autoridad tendrían más éxito
en sus esfuerzos por resolver los problemas si primero
intentaran identificar los principios en cuestión
y luego se guiaran por ellos.
- III -
El dilema primordial que hay que resolver es cómo
el mundo actual, con su intrínseca pauta
de conflicto, puede cambiarse por un mundo en el
que prevalezcan la armonía y la cooperación.
El orden mundial sólo puede fundarse sobre
una imperturbable conciencia de la unidad de la
humanidad, verdad espiritual que confirman todas
las ciencias humanas. La antropología, la
fisiología y la psicología reconocen
sólo una especie humana, aunque con infinitas
variantes en los aspectos biológicos secundarios.
Para admitir esta verdad hay que abandonar los prejuicios,
toda clase de prejuicios: de raza, clase, color,
credo, nación, sexo, grado de civilización
material; todo lo que hace que la gente se considere
superior a los demás.
La aceptación de la unidad de la humanidad
es el requisito previo fundamental para la reorganización
y administración del mundo como un solo país:
el hogar de la raza humana. La aceptación
universal de este principio espiritual es indispensable
para tener éxito en cualquier intento de
establecer la paz mundial. Por lo tanto, debe proclamarse
universalmente, debe enseñarse en las escuelas
y afirmarse constantemente en todas las naciones
como preparación para el cambio orgánico
en la estructura social que esta aceptación
implica.
Desde el punto de vista bahá'í, el
reconocimiento de la unidad de la humanidad "requiere
nada menos que la reconstrucción y la desmilitarización
de todo el mundo civilizado como un mundo orgánicamente
unificado en todos los aspectos esenciales de su
vida, de su maquinaria política, de su anhelo
espiritual, de su comercio y de sus finanzas, de
su escritura e idioma, y, aun así, infinito
en la diversidad de las características nacionales
de sus unidades federadas."
Al considerar las implicaciones de este principio
cardinal, Shoghi Effendi, el Guardián de
la Fe Bahá'í, comentaba en 1931: "Lejos
de pretender la subversión de los fundamentos
actuales de la sociedad, trata de ampliar su base,
de amoldar sus instituciones en consonancia con
las necesidades de un mundo en constante cambio.
No está en conflicto con alianzas legítimas
ni socava lealtades esenciales. Su propósito
no es sofocar la llama de un sano e inteligente
patriotismo en el corazón del hombre, ni
abolir el sistema de autonomía nacional,
tan esencial para evitar los males de un exagerado
centralismo. No ignora ni intenta suprimir la diversidad
de orígenes étnicos, de climas, de
historia, de idioma y tradición, de pensamiento
y costumbres que distinguen a los pueblos y naciones
del mundo. Reclama una lealtad más amplia,
una aspiración mayor que cualquiera de las
que ha sentido la humanidad. Insiste en la subordinación
de impulsos e intereses nacionales a las exigencias
imperativas de un mundo unificado. Repudia, por
una parte, el centralismo excesivo, y, por otra,
rechaza todo intento de uniformidad. Su consigna
es la unidad en la diversidad."
El logro de tales fines exige varias etapas en
el ajuste de las actitudes políticas nacionales,
que ahora lindan con la anarquía, a falta
de leyes claramente definidas o de principios universalmente
aceptados y obligatorios que regulen las relaciones
entre las naciones. La Liga de las Naciones, las
Naciones Unidas y las muchas organizaciones y acuerdos
producidos por ellas, han sido indudablemente provechosos,
al atenuar ciertos efectos negativos de los conflictos
internacionales, pero se han mostrado incapaces
de prevenir la guerra. De hecho, ha habido una gran
cantidad de guerras desde que terminó la
Segunda Guerra Mundial. Muchas están ardiendo
todavía.
Los aspectos predominantes de este problema ya
habían aparecido en el siglo XIX cuando Bahá'u'lláh
hizo públicas por primera vez sus propuestas
para el establecimiento de la paz mundial. El principio
de seguridad colectiva fue propuesto por él
en las declaraciones que dirigió a los gobernantes
del mundo. Comentando su significado, escribió
Shoghi Effendi: "¿Qué otra cosa
podrían significar estas importantes palabras
sino una referencia a la inevitable reducción
de las ilimitadas soberanías nacionales como
requisito indispensable para la formación
de la futura mancomunidad de todas las naciones
del mundo? Es necesario desarrollar cierta forma
de superestado mundial, a favor del cual todas las
naciones del mundo habrán de abandonar voluntariamente
toda pretensión de hacer la guerra, ciertos
derechos de gravar con impuestos, y todos los derechos
de poseer armamentos, salvo con el propósito
de mantener el orden interno dentro de sus respectivos
dominios. Dicho Estado habrá de incluir en
su órbita un poder ejecutivo internacional
con capacidad para hacer valer su autoridad suprema
e indiscutible sobre todo miembro recalcitrante
de la mancomunidad; un Parlamento mundial cuyos
miembros serán elegidos por los habitantes
de sus respectivos países y cuya elección
será confirmada por sus respectivos Gobiernos;
y un tribunal supremo cuyos dictámenes tendrán
carácter obligatorio aun en los casos en
que las partes interesadas no hayan acordado voluntariamente
someter el litigio a su consideración."
"Una comunidad mundial en la que todas las
barreras económicas habrán quedado
totalmente derribadas y en la que se reconocerá
definitivamente la interdependencia del capital
y el trabajo; en la que el clamor del fanatismo
y del conflicto religioso habrá sido acallado
para siempre; en la que estará definitivamente
extinguida la llama de la animosidad racial; en
la que un código único de derecho
internacional producto de un juicioso análisis
de los representantes federados del mundo será
sancionado por la intervención instantánea
y coercitiva de las fuerzas combinadas de las unidades
federadas; y, finalmente, una comunidad mundial
en la que el furor de un nacionalismo caprichoso
y militante será trocado por una perdurable
conciencia de ciudadanía mundial; así
es como se presenta, a grandes rasgos, el Orden
anunciado por Bahá'u'lláh, un Orden
que habrá de ser considerado el más
hermoso fruto de una época que madura lentamente."
La puesta en práctica de estas medidas de
largo alcance fue indicada por Bahá'u'lláh:
"Llegará el momento en que los hombres
se darán cuenta de la necesidad imperativa
de llevar a cabo una vasta reunión en la
que participen todos. Es absolutamente necesario
que los gobernantes y reyes de la tierra concurran
a ella y que, participando en sus debates, consideren
los caminos y los medios que sienten los cimientos
de la Gran Paz mundial entre los hombres."
El valor, la resolución, la motivación
pura, el amor desinteresado de un pueblo a otro
-todas las cualidades espirituales y morales necesarias
para efectuar este trascendente paso hacia la paz
se concentran en la voluntad de actuar. Y es para
provocar la voluntad necesaria por lo que se debe
meditar seriamente sobre la realidad del hombre,
esto es, su pensamiento. Comprender la importancia
de esta poderosa realidad es también apreciar
la necesidad social de poner en práctica
su valor único por medio de un proceso de
consultas sinceras, desapasionadas y cordiales,
y actuar en consecuencia con los resultados de este
proceso. Bahá'u'lláh recalcó
insistentemente las virtudes de la consulta y lo
indispensable que es para poner en orden los asuntos
humanos. Dijo: "La consulta confiere un mejor
conocimiento y convierte la conjetura en certeza.
Es una luz brillante que, en un mundo oscuro, muestra
el camino y sirve de guía. Para cada cosa
hay y seguirá habiendo un estado de perfección
y madurez. La madurez del don del entendimiento
se manifiesta a través de la consulta."
El intento mismo de alcanzar la paz por medio de
la consulta, como él propuso, puede desencadenar
ese espíritu saludable entre los pueblos
de la tierra, de tal forma que ningún poder
podría resistir su resultado triunfal definitivo.
En cuanto a los procedimientos para esta asamblea
mundial, 'Abdu'l-Bahá, el hijo de Bahá'u'lláh
e intérprete autorizado de sus enseñanzas,
ofreció esta profunda explicación:
"Deben hacer de la causa de la paz el objeto
de la consulta general e intentar, por todos los
medios a su alcance, establecer una unión
de las naciones del mundo. Deben concertar un tratado
de obligado cumplimiento y establecer un convenio
cuyas disposiciones sean sólidas, inviolables
y definitivas. Deben proclamarlo a todo el mundo
y obtener para él la sanción de toda
la raza humana. Esta suprema y noble empresa la
verdadera fuente de paz y bienestar de todo el mundo
ha de considerarse como sagrada por todos los moradores
de la tierra. Todas las fuerzas de la humanidad
deben ser movilizadas para asegurar la estabilidad
y permanencia de este Supremo Convenio. En este
pacto universal se deben fijar claramente los límites
y fronteras de cada una de las naciones, establecer
definitivamente los principios fundamentales de
las relaciones entre los Gobiernos y determinar
todos los acuerdos y obligaciones internacionales.
De la misma manera, se debe limitar estrictamente
la cantidad de armamentos de cada Gobierno, pues
si se permitiera incrementar los preparativos para
la guerra y las fuerzas militares de cualquier nación,
se provocaría la desconfianza de las otras.
El principio fundamental de este pacto solemne se
debe fijar de tal manera que si algún Gobierno,
más adelante, violara alguna de sus disposiciones,
todos los Gobiernos de la tierra deberán
levantarse para reducirlo a completa sumisión;
incluso la raza humana entera debería tomar
la resolución de destruir este Gobierno con
todos los poderes a su alcance. Si se aplica este,
el mayor de los remedios al cuerpo enfermo del mundo,
con seguridad se recobrará de sus enfermedades
y permanecerá a salvo y seguro."
La realización de esta magna convocatoria
se retrasa ya demasiado.
Con todo el fervor de nuestros corazones, pedimos
a los líderes de todas las naciones que aprovechen
esta oportunidad y den pasos irreversibles para
convocar esta asamblea mundial. Todas las fuerzas
de la historia impulsan a la humanidad hacia este
acto que señalará definitivamente
la aurora de su tan esperada madurez.
¿No se levantarán las Naciones Unidas,
con el pleno apoyo de sus miembros, para alcanzar
los elevados propósitos de tan magno acontecimiento?
Que los hombres y las mujeres, los jóvenes
y los niños de todo el mundo reconozcan el
eterno mérito de esta acción imperativa
para todos los pueblos y eleven sus voces de aprobación
decidida. ¡Que esta generación sea
la que inaugure esta gloriosa etapa en la evolución
de la vida social del planeta!
-
IV -
La fuente del optimismo que sentimos es una visión
que trasciende el cese de la guerra y la creación
de organismos de cooperación internacional.
La paz permanente entre las naciones es una etapa
esencial, pero no es según proclama Bahá'u'lláh
la meta final del desarrollo social de la humanidad.
Más allá del armisticio inicial impuesto
al mundo por el temor a un holocausto nuclear, más
allá de la paz política introducida
a la fuerza por naciones rivales y desconfiadas,
más allá de acuerdos pragmáticos
para la seguridad y la coexistencia, incluso más
allá de los muchos experimentos de cooperación
que tales pasos harán posibles, se halla
la meta final: la unificación de todos los
pueblos del mundo en una familia universal.
La falta de unidad es un peligro que las naciones
y los pueblos de la tierra ya no pueden soportar;
sus consecuencias son demasiado terribles para contemplarlas,
demasiado obvias para que exijan alguna demostración.
Hace más de un siglo escribió Bahá'u'lláh:
"El bienestar de la humanidad, su paz y seguridad
son inalcanzables, a menos y hasta que su unidad
sea firmemente establecida." Al observar que
"toda la humanidad está gimiendo, ansiando
ser conducida a la unidad y terminar con su largo
martirio," Shoghi Effendi comentó, además:
"La unificación de toda la humanidad
es el distintivo de la etapa a la cual la sociedad
está llegando ahora. La unidad de la familia,
de la tribu, de la ciudad-estado y de la nación
han sido intentadas sucesivamente y alcanzadas por
completo. La unidad del mundo es la meta por la
que lucha una humanidad hostigada. La formación
de naciones ha llegado a su fin. La anarquía
inherente a la soberanía del Estado va hacia
su punto culminante. Un mundo cercano a la madurez
debe abandonar este fetichismo, reconocer la unidad
y la integridad de las relaciones humanas y establecer,
de una vez por todas, el mecanismo que mejor pueda
encarnar este principio fundamental para su existencia."
Todas las fuerzas contemporáneas que propician
los cambios corroboran este punto de vista. Las
pruebas pueden discernirse en los muchos ejemplos
que se han citado de presagios favorables para la
paz mundial en los actuales movimientos y sucesos
internacionales. El ejército de hombres y
mujeres, reclutados prácticamente de entre
toda cultura, raza y nación de la tierra,
que presta servicio en los diversos organismos de
las Naciones Unidas, representa un "servicio
civil" planetario cuyos impresionantes éxitos
son indicios del grado de cooperación que
se puede lograr hasta en las condiciones más
desalentadoras. Un impulso hacia la unidad, como
una primavera espiritual, lucha por expresarse mediante
los incontables congresos internacionales que reúnen
a personas de una amplia gama de disciplinas. Motiva
proyectos internacionales que implican a niños
y jóvenes. En verdad, es la auténtica
fuente del notable movimiento hacia el ecumenismo
por el que los miembros de las religiones y sectas
históricamente antagonistas se sienten recíproca
e irresistiblemente atraídos. Junto a la
tendencia contraria a favor de la guerra y el engrandecimiento
propio, contra la cual lucha incesantemente, el
impulso hacia la unidad mundial es una de las características
más dominantes y extendidas en la vida del
planeta durante los últimos años del
siglo veinte.
La experiencia de la comunidad bahá'í
puede verse como un ejemplo de esta creciente unidad.
Es una comunidad de unos tres o cuatro millones
de personas* provenientes de muchas naciones, culturas,
clases y credos, que se dedican a múltiples
actividades al servicio de las necesidades espirituales,
sociales y económicas de los pueblos de muchas
tierras. Es un solo organismo social que representa
la diversidad de la familia humana, que dirige sus
asuntos por medio de un sistema de principios consultivos
comúnmente aceptados y que aprecia igualmente
a todas las grandes corrientes de guía divina
a lo largo de la historia. Su existencia es otra
prueba convincente de que la visión de su
Fundador de un mundo unido es practicable, otra
prueba de que la humanidad puede convivir como una
sociedad global dispuesta a afrontar los desafíos
que pueda implicar la llegada a su mayoría
de edad. Si la experiencia bahá'í
puede contribuir en cualquier medida a fortalecer
la esperanza en la unidad de la humanidad, nos sentimos
felices de ofrecerla como modelo para su estudio.
Al contemplar la suprema importancia de la tarea
que ahora se presenta como un desafío ante
todo el mundo, nos inclinamos humildemente ante
la sublime majestad del divino Creador, Quien por
su infinito amor ha creado a toda la humanidad de
la misma materia, ha exaltado la valiosa realidad
del hombre, le ha honrado con intelecto y sabiduría,
nobleza e inmortalidad, y le ha dotado de "la
distinción y capacidad únicas de conocerle
y amarle," capacidad "que debe considerarse
como el impulso generador y el objetivo primordial
que sostiene a la creación entera."
Mantenemos la firme convicción de que "todos
los hombres han sido creados para llevar adelante
una civilización en continuo progreso",
que "actuar como las bestias salvajes no es
digno del hombre," que las virtudes que benefician
a la dignidad humana son la honradez, la indulgencia,
la misericordia, la compasión y la generosidad
amorosa hacia todas las gentes. Reafirmamos la creencia
de que "las potencialidades inherentes a la
posición del hombre, la medida plena de su
destino en el mundo y la excelencia innata de su
realidad, deben todas manifestarse en este prometido
Día de Dios." Éstas son las motivaciones
de nuestra fe inalterable en que la unidad y la
paz son la meta asequible por la que la humanidad
está esforzándose.
Al escribirse esto, pueden oírse las voces
esperanzadas de los bahá'ís, a pesar
de la persecución de la que son víctimas
en el país donde nació su Fe. Con
su ejemplo de esperanza irreductible, dan testimonio
de la creencia de que la realización inminente
de este antiguo sueño de paz está
ahora, en virtud de los transformadores efectos
de la revelación de Bahá'u'lláh,
investida con la fuerza de la autoridad divina.
Por lo que les transmitimos a ustedes no sólo
una visión en palabras; convocamos el poder
de las hazañas de fe y sacrificio; transmitimos
la ansiosa defensa de la paz y la unidad en nombre
de nuestros correligionarios de todas partes. Nos
unimos a todos los que son víctimas de la
agresión, a todos los que anhelan el fin
de los conflictos y la violencia, a todos aquellos
que por su devoción a los principios de la
paz y del orden mundial promueven los nobles propósitos
para los que fue llamada a la existencia la humanidad
por un Creador Todoamoroso.
Con nuestro sincero deseo de impartirles a ustedes
el fervor de nuestra esperanza y nuestra confianza
más profunda, citamos la promesa categórica
de Bahá'u'lláh: "Estas luchas
estériles, estas guerras desastrosas pasarán
y la 'Paz Mayor' reinará."
LA CASA UNIVERSAL DE JUSTICIA
La Promesa de la Paz Mundial, que fue publicada
en octubre de 1985, ha sido traducida a más
de 76 idiomas, habiéndose distribuido cerca
de tres millones de ejemplares, entre ellos a reyes,
gobernantes y personalidades del mundo cultural
y social.
* Dato de 1985. En la actualidad son más
de seis millones. (N. del T.)
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