| Comunidad
Internacional Bahá'í Oficina de Información
Pública
Prosperidad
mundial
23 enero 1995
A las Asambleas Espirituales Nacionales de los Bahá'ís
de todo el mundo
Queridos amigos:
Conforme el siglo veinte toca ya a su fin, asistimos
a una marcada aceleración de los esfuerzos
que pueblos y gobiernos realizan por lograr un entendimiento
compartido en temas que afectan al futuro de la
humanidad. La Conferencia sobre el Desarrollo y
Medio Ambiente celebrada en Río de Janeiro
en 1992, la Conferencia Mundial de Derechos Humanos
de Viena en 1993, la Conferencia Internacional sobre
Población y Desarrollo de El Cairo en 1994
y la Cumbre Mundial para el Desarrollo Social de
Copenhague en marzo de este año, a la que
seguirá en septiembre en Pekín la
Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer, son pruebas
evidentes de esta aceleración. Dichos acontecimientos
constituyen hitos cimeros dentro de la miríada
de actividades que tienen lugar en diferentes rincones
del mundo y que tienen por protagonistas a un amplio
abanico de redes asociativas y organizaciones no
gubernamentales en búsqueda urgente de valores,
ideas y medidas prácticas que adelanten las
perspectivas de un desarrollo pacífico para
todos los pueblos. En este empeño puede apreciarse
el impulso que va cobrando la unidad de pensamiento
en proyectos de alcance mundial, y cuya plasmación
es descrita por las sagradas escrituras como una
de las luces de unidad que han de iluminar el camino
hacia la paz. Naturalmente, los bahá'ís
de todo el mundo se sienten alentados por estas
tendencias esperanzadoras, y, según lo permitan
las oportunidades, continuarán prestándoles
mayor apoyo moral y práctico.
En vista de la intensa atención dispensada
a los temas de desarrollo económico y social
desde la celebración en Brasil de la Cumbre
de la Tierra, solicitamos de la Oficina de Información
Pública de la Comunidad Internacional Bahá'í
que preparase una declaración sobre el concepto
de prosperidad global en el contexto de las enseñanzas
bahá'ís. La declaración está
ya lista para su difusión. Nos complace muy
gratamente poderles proporcionar un ejemplar de
"Prosperidad mundial" y recomendarles
que la usen para respaldar las actividades que realicen
en contacto con gobiernos, organizaciones y público
en general. Albergamos la convicción y esperanza
de que esta declaración les ha de ayudar
a promover que los miembros de sus comunidades enriquezcan
su comprensión en asunto de tanta importancia,
y en esa misma medida dinamice su contribución
a los procesos de construcción social que
están teniendo lugar a lo largo del planeta.
Con amorosos saludos bahá'ís:
La Casa Universal de Justicia
PROSPERIDAD MUNDIAL
Hace tan sólo una década habría
parecido impensable que el ideal de una paz mundial
pudiera adquirir su forma y sustancia actuales.
Obstáculos que otrora parecían infranqueables
se han derrumbado al paso de la humanidad; conflictos
que parecían insuperables han cedido ante
los procesos de consulta y resolución en
curso; surge una voluntad de contrarrestar las agresiones
militares mediante la acción internacional
concertada. El resultado es que tanto las masas
de la humanidad como un buen número de líderes
mundiales han asistido a un reverdecer de la esperanza
en el futuro del planeta cuando ésta ya casi
parecía extinguida.
Por todo el mundo inmensas energías intelectuales
y espirituales buscan su cauce de expresión,
energías cuyo empuje guarda proporción
directa con las frustraciones acumuladas de las
últimas décadas. Por doquier se multiplican
las muestras de ese anhelo que albergan los pueblos
de la tierra por poner fin al conflicto, sufrimiento
y ruina, lacras a las que ningún país
es hoy inmune. Hay que captar y encauzar esta marea
de impulsos de cambio a fin de superar las demás
barreras que traban el logro de ese antiguo sueño:
alcanzar la paz mundial. El esfuerzo de voluntad
requerido en tamaña empresa no puede suscitarse
sólo mediante llamamientos a combatir la
interminable lista de males que afligen a la sociedad.
Antes bien, debe alumbrarse mediante una visión
de la prosperidad humana, y ello en el sentido más
hondo de la expresión: el despertar de posibilidades
de bienestar espiritual y material hoy a nuestro
alcance. Sus beneficiarios deben ser todos los habitantes
del planeta, sin distinciones, y sin que valgan
condiciones impuestas que nada tengan que ver con
las metas fundamentales propias de tal reorganización
de los asuntos humanos.
Hasta la fecha la Historia ha conocido principalmente
la experiencia de tribus, culturas, clases y naciones.
Con la unificación física del planeta
alcanzada en este siglo y el reconocimiento de la
interdependencia de cuantos viven en él,
comienza ahora la historia de la humanidad como
un solo pueblo. El largo y lento proceso civilizador
del carácter humano ha seguido un desarrollo
esporádico, desigual y manifiestamente injusto
en cuanto a las ventajas materiales que ha dispensado.
No obstante, gracias a todo un patrimonio de diversidad
cultural y genética acumulado durante épocas
pasadas, los habitantes de la tierra se enfrentan
hoy al reto de aprovechar su herencia colectiva
a fin de asumir, consciente y sistemáticamente,
la responsabilidad de forjar su futuro.
Resulta poco realista imaginar que la visión
de lo que haya de ser el siguiente estadio en el
progreso de la civilización pueda formularse
sin, al mismo tiempo, hacer un examen detenido de
las actitudes y supuestos sobre los que descansan
los actuales planteamientos de desarrollo económico
y social. En un primer nivel elemental, la indagación
debería abordar cuestiones prácticas
de utilización de recursos, pautas de planificación,
política, organización y métodos
de ejecución. Al ahondar en esta temática,
sin embargo, en seguida han de plantearse cuestiones
fundamentales sobre las metas que a largo plazo
se proyecten, las estructuras sociales necesarias,
las implicaciones de los principios de justicia
social en materia de desarrollo, así como
la naturaleza y papel del conocimiento en la inducción
de cambios perdurables. A decir verdad, un examen
de esta naturaleza está abocado a propiciar
un amplio consenso sobre la noción misma
de naturaleza humana.
Dos son las vías de discusión abiertas
a todos estos temas teóricos o prácticos.
En las páginas que siguen nos proponemos
explorar, ciñéndonos a estas dos vías,
el argumento de una estrategia global de desarrollo.
La primera se refiere a las creencias dominantes
sobre la naturaleza y fines del proceso de desarrollo;
la segunda, a los papeles que en él tienen
asignados sus diferentes protagonistas.
Los supuestos que hoy informan la mayor parte del
desarrollo planificado son esencialmente materialistas.
En otras palabras, el propósito del desarrollo
se define como el cultivo eficaz, y generalizado
en todas las sociedades, de medios de prosperidad
material que, tras un proceso de aciertos y errores,
han caracterizado a algunas regiones del mundo.
Huelga decir que el discurso del desarrollo admite
modificaciones, que éstas suelen ser sensibles
a las diferencias de cultura o sistema político,
y que procuran responder a los peligros alarmantes
que origina la degradación medioambiental.
Sin embargo, los supuestos materialistas en que
se basan siguen, en lo fundamental, sin ser cuestionados.
A estas alturas del siglo resulta insostenible creer
que el enfoque del desarrollo económico y
social originado en la concepción materialista
de la vida sea capaz de satisfacer las necesidades
de la humanidad. Las predicciones optimistas sobre
los cambios que acarrearía se han desvanecido
en el abismo, cada vez más hondo, que separa
los niveles de vida de una minoría pequeña
y relativamente decreciente de los habitantes del
mundo, y la pobreza que experimenta la inmensa mayoría
de la población.
Esta crisis económica sin precedentes, sumada
a la quiebra social que ella misma ha propiciado,
refleja una concepción de la naturaleza humana
profundamente equivocada. Las respuestas que los
incentivos del orden actual han despertado en las
personas no sólo se revelan inadecuadas,
sino que, a la vista de los acontecimientos mundiales,
parecen insignificantes. Se comprueba pues que si
el desarrollo de la sociedad no encuentra propósito
más allá de la simple mejora de las
condiciones materiales, fracasará incluso
en la consecución de estas metas. Dicho propósito
debe buscarse en horizontes espirituales de la vida
y de la motivación que trasciendan el paisaje
económico, siempre cambiante, y abandonen
la división en sociedades "desarrolladas"
y "en desarrollo", una categorización
impuesta artificialmente.
Replantear los objetivos del desarrollo requiere
someter a nuevo examen los supuestos en torno a
los papeles que mejor convienen a los protagonistas
del proceso. El papel crucial del gobierno en todos
los órdenes no precisa de mayores explicaciones.
No obstante, las generaciones futuras hallarán
incomprensible el hecho de que, en una era que rinde
homenaje a la filosofía igualitaria y a los
principios democráticos anexos, la planificación
del desarrollo mire a las masas de la humanidad
esencialmente como a receptoras de beneficios en
forma de asistencia y formación. A pesar
del reconocimiento de que goza el principio de participación,
el margen decisorio que se ofrece a la mayor parte
de la población mundial es, cuando más,
secundario y limitado a un abanico de posibilidades
formuladas por organismos que le son inaccesibles
y determinadas por metas que a menudo resultan irreconciliables
con sus percepciones de la realidad.
Este enfoque cuenta incluso con el respaldo implícito,
si no explícito, que le tiende la religión
establecida. Lastrado por tradiciones paternalistas,
el pensamiento religioso parece incapaz de lograr
que su confesada fe en las dimensiones espirituales
de la naturaleza humana se traduzca en confianza
en la capacidad de la humanidad para trascender
sus condiciones materiales.
Dicha actitud no acierta a comprender el significado
de lo que probablemente sea el fenómeno social
más importante de nuestro tiempo. Si cierto
es que gracias al sistema de las Naciones Unidas
los gobiernos se esfuerzan por construir un nuevo
orden global, no menos cierto es que los pueblos
del mundo se hallan galvanizados por esa misma visión.
Su respuesta ha adoptado la forma de un repentino
florecer a nivel local, regional e internacional
de innumerables movimientos y organizaciones de
cambio social. Los derechos humanos, el avance de
la mujer, los requisitos sociales del desarrollo
económico sostenible, la superación
de prejuicios, la educación moral de los
niños, la alfabetización, los cuidados
de salud primaria, y toda una plétora de
cuestiones vitales requieren, cada una, la atención
urgente de organizaciones a las que apoyan cada
vez más personas de todas partes del globo.
Esta respuesta con que las gentes del mundo encaran
las apremiantes necesidades actuales recuerda el
llamamiento hecho por Bahá'u'lláh
hace ya más de cien años: "Preocupaos
fervientemente de las necesidades de la edad en
que vivís y centrad vuestras deliberaciones
en sus exigencias y requerimientos". La transformación
de la manera en que gran número de personas
empiezan a verse a sí mismas -un cambio muy
notorio desde el punto de vista de la historia de
la civilización-, suscita algunas preguntas
fundamentales acerca del papel que le ha sido asignado
desempeñar al conjunto de la humanidad en
la planificación del futuro de nuestro planeta.
I
La conciencia de la unidad del género humano
debe convertirse en el armazón de una estrategia
que comprometa a la población mundial en
la asunción responsable de su destino colectivo.
El concepto de que la humanidad constituye un solo
pueblo, aunque engañosamente simple en el
discurso popular, entraña retos fundamentales
que afectan al modo como desempeñan sus cometidos
la mayoría de las instituciones de la sociedad
contemporánea. Ya sea en forma de una estructura
de gobierno civil basada en la confrontación,
o sea bajo el principio acusatorio que informa la
mayor parte del derecho civil; ya se trate de la
glorificación de la lucha entre clases y
otros grupos sociales, o del espíritu competitivo,
señor de tantos aspectos de la vida moderna,
el conflicto se acepta como resorte fundamental
de la interacción humana. He aquí
una expresión más, en la propia organización
social, de esa interpretación materialista
de la vida que ha ido consolidándose en el
transcurso de los dos últimos siglos.
En una carta dirigida hace más de cien años
a la reina Victoria y empleando una analogía
que apunta al modelo más prometedor para
la organización de la sociedad planetaria,
Bahá'u'lláh compara el mundo con el
cuerpo humano. En efecto, no existe ningún
otro modelo de la existencia fenoménica al
que razonablemente podamos remitirnos. La sociedad
humana no se compone meramente de una masa de células
diferenciadas, sino de asociaciones de personas,
cada una de las cuales está dotada de inteligencia
y voluntad. No obstante, los modos de obrar característicos
de la biología humana vienen a ilustrar principios
fundamentales de la existencia. De entre éstos
destaca el principio de unidad en la diversidad.
Paradójicamente, es la integridad y complejidad
del orden que constituye el cuerpo humano -y la
perfecta acomodación en él de sus
células- lo que permite la realización
plena de capacidades que son inherentes y características
de cada uno de estos elementos integrantes. No hay
célula que, ya por contribuir al funcionamiento
del cuerpo o por disfrutar del bienestar del conjunto,
pueda desarrollar vida aparte del cuerpo. El bienestar
físico resultante cumple su propósito
al permitir la expresión de la conciencia
humana; es decir, el fin del desarrollo biológico
trasciende la mera existencia del cuerpo y de sus
partes.
Esto que es cierto de la vida individual encuentra
su correlato en la sociedad. La especie humana es
un todo orgánico, la avanzada del proceso
evolutivo. El hecho de que la conciencia humana
opere necesariamente a través de una infinita
diversidad de mentes y motivaciones particulares
no menoscaba en lo más mínimo su unidad
esencial. En efecto, precisamente es lo inherente
de esa diversidad lo que distingue a la unidad de
la homogeneidad o uniformidad. Lo que hoy experimentan
los pueblos del mundo -asegura Bahá'u'lláh-
es su entrada en la edad de la madurez, y es en
esta madurez naciente de la especie donde va a encontrar
su más lograda expresión el principio
de unidad en la diversidad. Desde sus albores, coincidiendo
con la consolidación de la vida familiar,
el proceso de organización social se ha desplazado
desde las estructuras simples del clan y de la tribu,
pasando por una multitud de formaciones sociales
urbanas, hasta el surgimiento del estado-nación.
Con cada una de estas etapas la capacidad humana
ha podido experimentar todo un repertorio de nuevas
oportunidades.
Claramente, el progreso de la especie no se ha verificado
a costa de la individualidad humana. Al aumento
de la organización social ha correspondido
una expansión del margen abierto a la expresión
de las capacidades latentes en cada ser humano.
Puesto que la relación entre la persona y
la sociedad es recíproca, es menester que
la transformación ahora necesaria tenga lugar
simultáneamente dentro de la conciencia humana
y en la estructura de las instituciones sociales.
En las oportunidades que proporcione este doble
proceso de cambio ha de hallar su propósito
la estrategia global de desarrollo. En esta etapa
crucial de la historia, dicho propósito debe
consistir en sentar las bases duraderas que permitan
el desarrollo gradual de una civilización
planetaria.
La cimentación de una civilización
global requiere crear leyes e instituciones mundiales
cuyo temple y autoridad sean también universales.
El intento puede dar comienzo sólo cuando
el concepto de la unidad de la humanidad sea abrazado
de todo corazón por las personas sobre cuyos
hombros recae la responsabilidad de tomar decisiones,
y cuando los principios relacionados sean difundidos
a través de los sistemas educativos y los
medios de comunicación de masas. Franqueado
este umbral, se habrá puesto en marcha un
proceso mediante el cual los pueblos del mundo acometan
la tarea de formular metas comunes y se comprometan
a hacerlas realidad. Sólo una reorientación
tan fundamental los pondrá a resguardo de
esos viejos demonios que son las contiendas étnicas
y religiosas. Sólo merced a la conciencia
incipiente de que forman un único pueblo
serán capaces los habitantes del planeta
de dar la espalda a las pautas de conflicto que
han dominado la organización social en el
pasado, e inaugurar nuevos modos de colaboración
y conciliación. "El bienestar de la
humanidad -escribe Bahá'u'lláh- su
paz y seguridad, son inalcanzables a menos que su
unidad sea firmemente establecida".
II
La justicia es ese poder capaz de transformar la
conciencia emergente de la unidad de la humanidad
en voluntad colectiva sobre la que erigir confiadamente
las estructuras globales de vida comunitaria que
el empeño precisa. Una época en la
que las gentes del mundo disfrutan de mayor acceso
a información e ideas de toda suerte comprobará
que la justicia se reafirma como el rincipio rector
de toda organización social fructífera.
Con mayor frecuencia las propuestas de desarrollo
planetario van a tener que someterse a la luz franca
de las normas que ella demanda.
En el plano individual, la justicia es esa facultad
del alma que permite a la persona distinguir la
verdad de la falsedad. A los ojos de Dios -asevera
Bahá'u'lláh- la justicia es "la
más amada de todas las cosas", pues
faculta a cada ser humano para ver con sus propios
ojos antes que con los ojos de los demás,
conocer con su propio entendimiento antes que con
el de su vecino o grupo. Requiere imparcialidad
de juicio y equidad en el trato con los demás,
lo que hace de ella una compañera constante,
aunque exigente, en todas las ocasiones de la vida.
En el plano social, la preocupación por la
justicia es el rasero indispensable en toda toma
colectiva de decisiones, pues ella constituye el
único instrumento mediante el cual se logra
la unidad de pensamiento y acción. Lejos
de impulsar el espíritu punitivo que a menudo
se agazapó bajo su nombre en épocas
pasadas, la justicia es la expresión práctica
de la convicción de que en aras del progreso
humano los intereses de la persona y los de la sociedad
se entrelazan inextricablemente.
En la medida en que la justicia se convierte en
preocupación rectora de la interacción
humana, cobra impulso un clima consultivo en el
que cabe examinar desapasionadamente las opciones
y seleccionar los cauces de acción pertinentes.
En tal clima las tendencias, siempre presentes,
hacia la manipulación y el partidismo tienen
muchas menos posibilidades de desviar el proceso
decisorio.
Las implicaciones para el desarrollo social y económico
son profundas. El afán de justicia permite
que, al definir el progreso, no se sucumba a la
tentación de sacrificar el bienestar de la
humanidad -e incluso del planeta mismo- a las ventajas
que los grandes avances tecnológicos brindan
a unas minorías privilegiadas. En la etapa
de diseño y planificación, garantiza
que recursos de por sí limitados no se desvíen
en pos de proyectos ajenos a las prioridades sociales
y económicas de la comunidad. Por encima
de todo, sólo aquellos proyectos de desarrollo
que sean percibidos como conformes a sus necesidades,
justos y equitativos en sus objetivos, pueden aspirar
a captar el compromiso de las masas de la humanidad,
de quienes depende la ejecución. Las cualidades
humanas requeridas, así la honradez, la disposición
hacia el trabajo, y el espíritu de colaboración,
suelen prestarse felizmente al logro de metas colectivas
enormemente exigentes cuando cada miembro -más
aún, cuando cada grupo componente de la sociedad-
puede confiar en que goza de la protección
de normas y de la garantía de ventajas que
alcanzan a todos por igual.
De ahí que la discusión de una estrategia
de desarrollo económico y social toque fondo
al tratar de los derechos humanos. Definirla requiere
que la promoción de los derechos humanos
se libre de las falsas dicotomías que por
tanto tiempo la han tenido presa en sus garras.
El empeño porque cada ser humano goce de
las libertades de pensamiento y acción acordes
a su desarrollo personal no justifica el culto al
individualismo, que tan hondamente corrompe tantos
terrenos de la vida contemporánea. Como tampoco
es preciso deificar el Estado como supuesta panacea
para con ello garantizar el bienestar de la sociedad
en su conjunto. Muy al contrario: la historia del
presente siglo muestra bien a las claras que ideologías
semejantes y los órdenes de prioridad que
marcan han sido los principales enemigos de los
intereses que aspiraban sedicentemente a servir.
Sólo en un marco consultivo y decisorio,
hecho posible al reconocer la unidad orgánica
de la humanidad, pueden todos los aspectos concernientes
a los derechos humanos encontrar su expresión
legítima y creadora.
Hoy día, el organismo en donde recae la tarea
de crear dicho marco y de zafar la promoción
de los derechos humanos de quienes pretendan explotarla
es el sistema de instituciones internacionales nacidas
al trágico calor de dos calamitosas guerras
mundiales y de la experiencia de la quiebra económica
mundial. De manera significativa, la expresión
"derechos humanos" ha pasado al dominio
público sólo desde la promulgación
en 1945 de la Carta de las Naciones Unidas y tras
la adopción, tres años más
tarde, de la Declaración Universal de los
Derechos Humanos. En estos históricos documentos
se reconoce formalmente que el respeto a la justicia
social es correlativo al establecimiento de la paz
mundial. El hecho de que la Declaración fuese
aprobada por la Asamblea General sin un solo voto
contrario le confiere de raíz una autoridad
que no ha dejado de crecer desde entonces.
La actividad más íntimamente ligada
a la conciencia, en tanto capacidad distintiva de
la naturaleza humana, es la exploración de
la realidad que la persona realiza por sí
misma. La libertad de investigar el propósito
de la existencia, así como la libertad de
desarrollar los dones de la naturaleza humana que
lo hacen alcanzable, requiere protección.
Es menester que las personas sean libres para conocer.
Que tal libertad sea objeto de abusos y que éstos
se vean crudamente alentados por ciertos rasgos
de la sociedad contemporánea, no rebaja en
modo alguno la validez del impulso mismo.
Es este impulso característico de la conciencia
humana el que sustancia el imperativo moral que
lleva a enunciar muchos de los derechos que consagran
la Declaración Universal y los Convenios
relacionados. La educación universal, la
libertad de movimiento, el acceso a la información,
y la oportunidad de participar en la vida política
son todos aspectos de su operación que requieren
garantías explícitas por parte de
la comunidad internacional. Lo mismo vale decir
de la libertad de pensamiento y creencias -incluyendo
la libertad religiosa-, y del derecho a tener opiniones
y a expresarlas debidamente.
Puesto que el cuerpo de la humanidad es uno e indivisible,
cada miembro de la especie nace al mundo como fianza
del conjunto. Este fideicomiso constituye el cimiento
moral de la mayoría de los otros derechos
-principalmente los sociales y económicos-
que los instrumentos de las Naciones Unidas tratan
de definir de modo semejante. La seguridad de la
familia y del hogar, la propiedad y el derecho a
la intimidad están todos implicados en tal
fideicomiso. Las obligaciones por parte de la comunidad
se extienden a la provisión de empleo, atención
a la salud mental y física, salarios justos,
descanso y recreo, y a toda una legión de
otras expectativas razonables que albergan los miembros
de la sociedad.
El principio del fideicomiso colectivo origina,
asimismo, el derecho de toda persona a esperar que
las condiciones culturales esenciales para su identidad
gocen de la protección del derecho nacional
e internacional. De forma análoga al papel
que desempeña el caudal genético en
la vida biológica de la humanidad y en su
entorno, la inmensa riqueza de diversidad cultural
lograda en el curso de milenios resulta vital para
el desarrollo social y económico de una especie
humana en trance de llegar a su mayoría de
edad. Representa un patrimonio al que debe dejarse
fructificar en forma de una civilización
global. Por un lado, las expresiones culturales
necesitan amparo frente a las asfixiantes influencias
materialistas. Por otro lado, las culturas deben
desarrollar la capacidad de actuar recíprocamente
de acuerdo con las pautas siempre cambiantes de
la civilización, y desembarazadas de la manipulación
con fines políticos partidistas.
"La luz de los hombres -asegura Bahá'u'lláh-
es la justicia. No la apaguéis con los vientos
contrarios de la opresión y la tiranía.
El propósito de la justicia es el logro de
la unidad entre los hombres. El océano de
la sabiduría divina surge dentro de esta
exaltada palabra, en tanto que los libros del mundo
no pueden contener su significado íntimo".
III
Para que los criterios que definen los derechos
humanos, hoy en proceso de formulación por
parte de las naciones, sean promovidos e implantados
como normativa internacional, hay que partir de
una definición nueva y profunda de las relaciones
humanas. Las concepciones actuales sobre lo que
es natural y apropiado en las relaciones -entre
los propios seres humanos, entre las personas y
la naturaleza, entre el individuo y la sociedad,
entre los miembros de la sociedad y sus instituciones-
reflejan grados de comprensión alcanzados
por la especie humana en etapas tempranas y menos
maduras de su desarrollo. Si es cierto que la humanidad
está llegando a su mayoría de edad,
si todos los habitantes del planeta constituyen
un solo pueblo, si la justicia es el principio rector
de la organización social, no cabe entonces
sino refundir las concepciones actuales, surgidas
en el desconocimiento de estas realidades emergentes.
El movimiento en este sentido apenas ha comenzado.
En su mismo despliegue ha de ir originando una nueva
comprensión de la naturaleza de la familia
y de los derechos y responsabilidades de sus miembros.
Transformará completamente el papel desempeñado
por las mujeres en todos los niveles de la sociedad.
La radicalidad de su efecto reordenador podrá
apreciarse en la relación que las personas
mantienen con el trabajo, así como en su
noción del lugar que ocupa la actividad económica
en sus vidas. Acarreará cambios trascendentales
en el gobierno de los asuntos humanos y en las instituciones
creadas para impulsarlo. Mediante su influencia,
el trabajo de las organizaciones no gubernamentales,
en rápida expansión, será objeto
de mayor racionalización. Garantizará
la creación de legislación vinculante
sobre el medio ambiente y sobre las necesidades
de desarrollo de todos los pueblos. En última
instancia, la reestructuración del sistema
de las Naciones Unidas que este movimiento ya está
ocasionando conducirá sin duda al establecimiento
de una federación de naciones dotada de su
propio cuerpo legislativo, judicial y ejecutivo.
En esta tarea de reformulación del sistema
de relaciones humanas resulta fundamental el proceso
que Bahá'u'lláh denomina "consulta".
"En todas las cosas es necesario consultar",
tal es Su consejo. "La madurez del don de la
comprensión se manifiesta a través
de la consulta".
La búsqueda de la verdad que se requiere
en este proceso exige una calidad e intensidad muy
superior a la que suele estar presente en los arreglos
y negociaciones con que hoy se dirimen los asuntos
humanos. No es tarea fácil. Su consecución
se ve gravemente perjudicada por el clima de protesta
sistemática, que es otro de los rasgos dominantes
de la sociedad contemporánea.
El debate, la propaganda, los procedimientos basados
en la confrontación, y el aparato entero
del partidismo, que durante largo tiempo han sido
notas tan familiares de la actividad colectiva,
dañan en su esencia misma el propósito
que anima la consulta, y que no es otro sino el
de alcanzar un consenso sobre la verdad de una situación
dada, y sobre la elección más sabia
de entre los varios cursos de acción posibles
en determinado momento.
En realidad, Bahá'u'lláh hace una
llamada a un proceso de consulta en el que los participantes
se esfuercen por trascender sus propios puntos de
vista a fin de poder funcionar como un cuerpo, con
sus metas e intereses propios. En una atmósfera
tal, marcada por la franqueza y la cortesía,
las ideas no pertenecen a su autor ocurrente, sino
al conjunto del grupo, por lo que éste queda
facultado para descartarlas, revisarlas o adoptarlas
según convenga mejor. La consulta prospera
en la medida en que todos sus participantes apoyan
conjuntamente las decisiones, con independencia
de las opiniones con que inicialmente abordaran
la discusión. En circunstancias así,
no resulta difícil reconsiderar una decisión
que a la luz de la experiencia se revele deficiente.
Desde esta perspectiva la consulta es la expresión
operativa de la justicia dentro de los asuntos humanos.
Es tan vital para el éxito de toda empresa
colectiva que debe constituir el rasgo primordial
de toda estrategia viable de desarrollo económico
y social. Tanto es así que la participación
de las personas de cuyo refrendo y esfuerzos depende
el buen término de dicha estrategia, sólo
resulta efectiva en la medida en que la consulta
se acepta como el principio organizativo de todo
proyecto. "Ningún hombre puede lograr
su verdadera posición -reza el consejo de
Bahá'u'lláh- excepto mediante la justicia.
Ningún poder puede existir excepto mediante
la unidad. Ningún bienestar ni prosperidad
son hacederos salvo mediante la consulta".
IV
Las tareas inherentes al desarrollo de una sociedad
global requieren capacidades de una categoría
muy por encima de lo hasta ahora logrado por la
especie humana. Alcanzar esas alturas va a exigir
que las personas particulares y las organizaciones
sociales disfruten de una accesibilidad al conocimiento
enormemente mayor. En este proceso de capacitación
la educación universal ha de ser un factor
indispensable; pero el esfuerzo fructificará
sólo en la medida en que los asuntos humanos
se reorganicen permitiendo que personas y grupos
de todos los sectores de la sociedad reúnan
condiciones para adquirir conocimientos y aplicarlos
a la forja de sus destinos.
A lo largo de la historia constatable, la conciencia
humana ha dependido de dos sistemas fundamentales
de conocimiento, gracias a los cuales ha podido
expresar progresivamente sus potencialidades: la
ciencia y la religión. La experiencia de
la especie se ha valido de ambos instrumentos para
reorganizarse, interpretar su entorno, explorar
sus poderes latentes y disciplinar su vida moral
e intelectual. Ambas han actuado como los auténticos
progenitores de la civilización. Por lo demás,
con la ventaja que concede la perspectiva histórica,
se hace evidente que la eficacia de esta estructura
dual ha sido máxima en aquellos períodos
en que la religión y la ciencia, cada una
dentro de su esfera, pudieron laborar en concierto.
Dado el respeto casi universal de que disfruta
hoy día la ciencia, no es preciso extenderse
sobre los méritos que la acreditan. En el
contexto de una estrategia de desarrollo económico
y social, la cuestión ya no es ésa,
sino la de cómo organizar la actividad científica
y tecnológica. Si la tarea en cuestión
se mira principalmente como el coto de élites
establecidas que viven en un número reducido
de naciones, es obvio que el foso que tal planteamiento
ya ha creado entre ricos y pobres de la tierra no
hará sino agrandarse, con las funestas consecuencias
ya mencionadas que eso aparejará para la
economía mundial. Ciertamente, si la mayoría
de la humanidad continúa siendo vista como
meros consumidores de productos de ciencia y tecnología
creados en alguna otra parte, es manifiesto entonces
que no cabe con justeza denominar "desarrollo"
a los programas concebidos para atender sus necesidades.
Por consiguiente, la expansión de la actividad
científica y técnica supone un reto
crucial y gigantesco. Unos instrumentos de cambio
social y económico tan poderosos deben pasar
de ser el patrimonio de segmentos sociales favorecidos
a organizarse de modo que las personas de todos
los orígenes puedan participar en esta actividad
según sus capacidades. Además de crear
programas que extiendan la educación requerida
a todos sus potenciales beneficiarios, tal reorganización
conllevará necesariamente el establecimiento
por todo el mundo de centros viables de aprendizaje,
instituciones que realcen la capacidad participativa
de los pueblos del mundo en la generación
y aplicación del conocimiento. La estrategia
de desarrollo, al tiempo que reconoce las amplias
diferencias de capacidades humanas, debe hacer suya
la importante meta de posibilitar que todos los
habitantes de la tierra tengan participación
en los procesos de la ciencia y de la tecnología,
que son su derecho inalienable de nacimiento. Con
cada día que pasa los argumentos consabidos
para mantener el status quo pierden poder persuasivo
ante las revolucionarias tecnologías de la
comunicación, con toda la información
y capacitación que éstas ponen al
alcance de grandes sectores de la población
mundial, estén donde estén y sea cual
sea su origen cultural.
Los desafíos que arrostra la humanidad en
su vida religiosa, aunque de signo diferente, son
asimismo imponentes. Para la gran mayoría
de la población mundial, la idea de que la
naturaleza humana posee una dimensión espiritual
-más aún, que su identidad fundamental
es espiritual- es una verdad que no precisa demostración.
Se trata de una percepción de la realidad
que ya se descubre en los registros más tempranos
de la civilización, y que ha sido cultivada
durante varios milenios por cada una de las grandes
tradiciones religiosas del pasado. Sus logros perdurables
en el campo del derecho, las artes y el proceso
civilizador de las relaciones humanas confieren
sentido y enjundia a la Historia. De un modo u otro
sus impulsos ejercen influencia diaria en las vidas
de una mayoría de personas, como inequívocamente
confirman a diario los hechos; y los anhelos que
despiertan son inagotables y poderosos, más
allá de todo cálculo.
En consecuencia, parece evidente que los esfuerzos
de toda suerte destinados a promover el progreso
humano deberían procurar servirse de unas
capacidades que son tan universales y tan inmensamente
creadoras. ¿Por qué, entonces, las
cuestiones espirituales que tiene ante sí
la humanidad no han centrado la atención
del discurso sobre el desarrollo? ¿Por qué
hasta ahora la mayoría de las prioridades,
e incluso de los supuestos básicos, de los
planes de desarrollo internacional se han decidido
con arreglo a perspectivas materialistas que sólo
respaldan pequeñas minorías de la
población mundial? ¿Cuánto
crédito cabe otorgar a la devoción
que se dice profesar al principio de participación
universal, pero que repudia la valía de la
experiencia cultural definitoria de los participantes?
Quizá se aduzca que, ya que los temas morales
y espirituales han estado históricamente
unidos a doctrinas teológicas rivales, objetivamente
no validables, éstos exceden el marco de
referencia en que decide la comunidad internacional
sus planes de desarrollo. Concederles algún
papel destacado sería abrir compuertas a
esas tendencias dogmáticas que han alimentado
el conflicto social y han obstruido el progreso
humano. Sin duda tal razonamiento contiene cierto
grado de verdad. Los defensores de los varios sistemas
teológicos del mundo cargan con una onerosa
responsabilidad, no sólo por el descrédito
en que ha caído la fe entre muchos pensadores
avanzados, sino también por las inhibiciones
y distorsiones introducidas en el discurso que de
modo permanente viene realizando la humanidad sobre
el mensaje espiritual. Sin embargo, concluir que
la respuesta consiste en poner freno a la investigación
de la realidad espiritual, prescindiendo de las
raíces más profundas de la motivación
humana, no es sino engaño manifiesto. El
único resultado de ello, en la medida en
que tal censura ha logrado su propósito en
la historia reciente, ha sido traspasar los destinos
a una nueva ortodoxia para la cual la verdad es
amoral, y los hechos, independientes de los valores.
Muchos de los grandes logros de la religión,
por lo que a la existencia en esta tierra se refiere,
han revestido carácter moral. Merced a sus
enseñanzas y al ejemplo de vidas humanas
por ellas iluminadas, muchísimas gentes de
todos los tiempos y países han desarrollado
la capacidad de amar. Han aprendido a disciplinar
la parte animal de su naturaleza, a realizar grandes
sacrificios por el bien común, a practicar
el perdón, la generosidad y confianza, y
a usar su fortuna y otros medios en aras de la civilización.
Se han ideado sistemas institucionales que transforman
estos avances en normas de vida social aplicadas
a gran escala. Por más que añadidos
dogmáticos y contiendas sectarias hayan ensombrecido
y desviado su curso, los impulsos espirituales movilizados
por figuras trascendentales como Krishna, Moisés,
Buda, Zoroastro, Jesús y Mahoma no han dejado
de ser la fuerza que mayor influjo ha ejercido en
la civilización del carácter humano.
Puesto que, a tenor de ello, el reto consiste en
potenciar la humanidad haciendo que el saber sea
mucho más accesible, es menester que la estrategia
posibilitadora se vertebre en torno a un diálogo
ininterrumpido y más intenso entre la ciencia
y la religión. Es -o a estas alturas debiera
ser- un lugar común que, en toda esfera de
actividad y en cada uno de sus niveles, las percepciones
y destrezas que tipifican los logros científicos
deben recurrir a los principios morales y al poder
del compromiso espiritual para garantizar su aplicación
más idónea. Por ejemplo, las personas
necesitan aprender a separar los hechos de las conjeturas,
y ciertamente a distinguir entre los puntos de vista
subjetivos y la realidad objetiva. El grado de contribución
al progreso humano que logren las personas y las
instituciones así preparadas queda determinado,
sin embargo, por su devoción a la verdad
y su desapego hacia los dictados de sus propios
intereses y pasiones. Otra capacidad que la ciencia
debe cultivar en todas las personas es la de pensar
en clave de procesos, incluyendo los procesos históricos;
no obstante, si este avance intelectual ha de contribuir
en su momento a promover el desarrollo, es imperioso
que su perspectiva no quede enmarañada por
prejuicios de raza, cultura, género o creencias
sectarias. De modo análogo, el adiestramiento
que ha de permitir que los habitantes de la Tierra
participen en la producción de la riqueza
no podrá llevar adelante sus aspiraciones
de progreso como no sea en la medida en que tal
impulso se vea iluminado por esta convicción
espiritual: que el servicio a la humanidad es el
fin tanto de la vida individual como de la organización
social.
V
Es en este contexto marcado por la elevación
de las capacidades humanas, producto a su vez de
una expansión del conocimiento a todos los
niveles, donde se necesita abordar los problemas
económicos que afronta la humanidad. Tal
y como demuestra la experiencia de los últimos
decenios, no cabe concebir las ventajas y afanes
materiales como fines en sí mismos. Su valor
consiste no sólo en atender a las más
elementales necesidades humanas de alojamiento,
alimentación, atención sanitaria y
similares, sino en ampliar el abanico de las capacidades
humanas. El papel más importante que corresponde
a la actividad económica en el desarrollo
humano consiste, por tanto, en dotar a las personas
e instituciones de medios que pongan a su alcance
el verdadero fin del desarrollo, a saber: sentar
los cimientos de un orden social nuevo a fin de
cultivar las ilimitadas potencialidades que laten
en la conciencia humana.
El reto que el pensamiento económico tiene
ante sí consiste en aceptar sin ambages que
el desarrollo responde a este propósito (de
ahí su responsabilidad como promotor de los
medios más indicados). Sólo de este
modo podrán la Economía y las ciencias
relacionadas sacudirse la resaca de cuitas materialistas
que hoy las distraen, y desplegar su potencial como
instrumentos vitales para alcanzar la prosperidad,
en el sentido más pleno de la palabra. En
ninguna otra parte se hace más patente la
necesidad de un diálogo riguroso entre la
ciencia y la religión.
Sirva de ilustración el problema de la pobreza.
Las propuestas habituales de solución parten
del convencimiento de que no faltan los recursos
materiales -o en todo caso pueden providenciarse
con el concurso de la ciencia y tecnología-
que palíen y en su día extirpen esta
condición milenaria y rasgo acompañante
de la vida humana. Una de las razones principales
por la que no se materializa tal paliación
se debe a que los adelantos científicos y
tecnológicos necesarios responden a un conjunto
de prioridades que sólo de modo tangencial
están relacionadas con los intereses reales
de la mayoría de la humanidad. Hace falta
un reajuste radical de estas prioridades para descargar
al mundo del peso de la pobreza. Tal misión
exige una búsqueda decidida de los valores
más adecuados, búsqueda que ha de
someter a dura prueba los recursos espirituales
y científicos de la humanidad. La religión
verá gravemente mermada su contribución
a esta empresa común mientras siga cautiva
de doctrinas sectarias que no son capaces de distinguir
entre el contento y la mera pasividad, y que enseñan
que la pobreza es un rasgo inherente a la vida en
la Tierra y cuya única escapatoria se encuentra
en el más allá. Para concurrir eficazmente
en la lucha por una humanidad más próspera,
el espíritu religioso debe hallar, bebiendo
en la Fuente de inspiración de donde brota,
nuevos conceptos espirituales y principios congruentes
con una época que busca establecer la unidad
y la justicia en los asuntos humanos.
El desempleo plantea otras tantas cuestiones. En
el pensamiento contemporáneo el concepto
de trabajo suele reducirse al de empleo remunerado
y dirigido a la adquisición de medios para
el consumo de bienes disponibles. El sistema es
circular: la adquisición y el consumo dan
lugar al mantenimiento y expansión de la
producción de bienes y, en consecuencia,
al sostenimiento del empleo retribuido. Tomadas
por separado, todas estas actividades son esenciales
para el bienestar de la sociedad. Sin embargo, lo
inadecuado de la concepción en su conjunto
se descubre en la apatía que los comentaristas
sociales aprecian tanto en amplias capas de empleados
como en la desmoralización que cunde entre
legiones crecientes de desempleados.
No es de sorprender, pues, que el mundo reconozca
cada vez más la urgencia de dar con una nueva
"ética del trabajo". Aquí
también nada que no sean las percepciones
generadas por la interacción creadora de
los sistemas de conocimiento científico y
religioso podrá acometer tan fundamental
reorientación de hábitos y actitudes.
A diferencia de los animales, que para su sostén
dependen de cuanto les proporciona su entorno inmediato,
los seres humanos no tienen más remedio que
satisfacer sus necesidades, propias y ajenas, expresando
sus inmensas capacidades latentes mediante el trabajo
productivo. Al obrar de esta manera, y por modesta
que sea su aportación, se convierten en participantes
del proceso civilizador. Cumplen así un objetivo
que les une a los demás. En la medida en
que se ejerza en espíritu de servicio a la
humanidad, afirma Bahá'u'lláh, el
trabajo es una forma de oración, un medio
para adorar a Dios. Toda persona posee la capacidad
de observarse bajo esta luz; y a esta capacidad
inalienable del sujeto debe apelar la estrategia
del desarrollo, sea cual sea la naturaleza de los
planes y sean cuales sean las recompensas que prometan.
Una perspectiva de menos vuelos nunca podrá
suscitar la magnitud de esfuerzo y compromiso que
demandan las tareas económicas venideras.
El pensamiento económico se enfrenta en
la crisis medioambiental a un reto similar. Ha quedado
al descubierto, fría y objetivamente, lo
falaz de ciertas teorías fundadas en la creencia
de que la naturaleza no conoce límites a
su capacidad de satisfacer cualquier exigencia que
los seres humanos le impongan. Una cultura que otorga
valor absoluto a la expansión, a la adquisición
y a la satisfacción de las apetencias humanas,
está obligada a reconocer que tales metas
no constituyen en sí mismas una pauta realista
para hacer política. Asimismo, son inadecuados
los enfoques económicos carentes del instrumental
necesario para enfrentarse al hecho de que la mayoría
de los grandes retos son de alcance global antes
que particular.
La esperanza sincera según la cual esta crisis
moral puede en cierto modo resolverse deificando
a la naturaleza misma sólo ratifica la desesperación
espiritual e intelectual que la crisis ha engendrado.
Reconocer que la creación constituye un todo
orgánico y que la humanidad tiene la responsabilidad
de custodiarlo es ya meritorio; ahora bien, por
sí misma tal admisión no es capaz
de infundir en las conciencias un nuevo sistema
de valores. Sólo una inteligencia de los
hechos que sea nueva, científica y espiritual
en el más pleno sentido de estos términos,
facultará a la especie humana para cumplir
el fideicomiso que la Historia le encomienda.
Tarde o temprano, todas las personas deberán
recuperar, por ejemplo, su capacidad de contento,
su buena disposición hacia la disciplina
moral y su entrega al deber, cualidades que hasta
fechas relativamente recientes se consideraban parte
primordial del ser humano. Repetidamente a lo largo
de la Historia, las enseñanzas de los Fundadores
de las grandes religiones han logrado infundir estas
cualidades del carácter en grandes masas
de gentes receptivas. Estas mismas cualidades revisten
hoy una importancia aún más vital;
pero su expresión actual debe asumir una
forma congruente con la llegada de la humanidad
a su mayoría de edad. También en este
terreno cumple a la religión superar la prueba
de vencer obsesiones pasadas: el contento no es
fatalismo; la moralidad nada tiene que ver con el
puritanismo antivital que tan a menudo se ha arrogado
su nombre; y la entrega al deber no entraña
sentimientos de superioridad moral, sino de valía
propia.
El persistente rechazo de la plena equiparación
de las mujeres torna más acuciante el reto
que afrontan la ciencia y la religión en
la vida económica del planeta. Cualquier
observador objetivo comprende que el principio de
la igualdad de los sexos es vital en toda concepción
del futuro bienestar de la tierra y su gente. El
principio incorpora una verdad sobre la naturaleza
humana que ha permanecido esencialmente ignorada
durante las largas etapas de infancia y adolescencia
que ha atravesado la humanidad. "Las mujeres
y los hombres -afirma Bahá'u'lláh
enfáticamente- han sido y continuarán
siendo siempre iguales a los ojos de Dios".
El alma racional no conoce género, y cualesquiera
que sean las injusticias pasadas imputables a los
dictados de la supervivencia, no hay lugar justificado
para ellas en una época en que la humanidad
roza el umbral de su madurez. El compromiso por
lograr la igualdad plena entre mujeres y hombres,
en todos los dominios de la vida y en cada nivel
de la sociedad, es crucial para el triunfo de la
estrategia global de desarrollo, desde su concepción
hasta su misma ejecución.
A decir verdad, el progreso registrado en este terreno
dará la medida del éxito de cualquier
programa de desarrollo. Dado el papel vital de la
actividad económica en el adelantamiento
de la civilización, una prueba visible del
ritmo de desarrollo vendrá señalada
por la medida en que las mujeres logren acceso a
todas las esferas de la economía. El desafío
va más allá de garantizar una distribución
equitativa de las oportunidades, por importante
que esto sea, y requiere que los temas económicos
sean sometidos a un replanteamiento radical que
invite a la incorporación de todo un abanico
de experiencias y percepciones humanas que hasta
la fecha solían quedar excluidas del discurso.
Los modelos económicos clásicos de
mercados impersonales en que los seres humanos actúan
como ejecutores autónomos de preferencias
egoístas no satisfarán las necesidades
de un mundo motivado por ideales de unidad y justicia.
La sociedad va a verse urgida a perfilar nuevos
modelos económicos sirviéndose de
experiencias compartidas que le merezcan crédito
y despierten su simpatía, respetando la relación
de los seres humanos con sus semejantes, y reconociendo
la aportación vital de la familia y de la
comunidad al bienestar. Siendo tamaña conquista
intelectual altamente altruista, deberá recabar
apoyos en la sensibilidad espiritual y científica.
Y es aquí en donde la experiencia milenaria
de la mujer la predispone a realizar contribuciones
cruciales al esfuerzo común.
VI
Discurrir sobre una transformación social
de este calado equivale a plantearse qué
poder se requiere para lograrlo, y -cuestión
inseparable- qué autoridad puede ejercer
tal poder. Al igual que ocurre con todas las implicaciones
que comporta la integración acelerada del
planeta, estos dos términos familiares requieren
asimismo urgente redefinición.
A lo largo de la historia -y a pesar de garantías
teológicas e ideológicas en sentido
contrario- el poder se ha solido interpretar como
prerrogativa de algunas personas o grupos. A menudo,
en efecto, ha llegado a concebirse en términos
de medios susceptibles de emplearse contra los demás.
Esta interpretación del poder se ha convertido
en un rasgo ingénito de la cultura de división
y conflicto que ha acompañado a la especie
humana durante varios milenios, independientemente
de las orientaciones sociales, religiosas o políticas
que hayan prevalecido en ciertas épocas y
en distintas partes del mundo. En general, el poder
ha sido atributo de individuos, facciones, pueblos,
clases y naciones; un atributo especialmente asociado
a la persona del hombre, más que a la mujer,
y cuya principal consecuencia ha sido conferir a
sus beneficiarios la capacidad de adquirir, prevalecer,
dominar, resistir y vencer.
Los procesos históricos resultantes han
hecho que el bienestar y civilización humanos
conociesen a un tiempo reveses catastróficos
y avances extraordinarios. Reconocer los beneficios
es reconocer también los reveses, así
como las claras limitaciones de las pautas de conducta
que originaron unos y otros. Los hábitos
y actitudes relacionados con los usos del poder
surgidos durante las largas épocas de infancia
y adolescencia de la humanidad, han rozado ya los
límites de su eficacia. Hoy día, en
una era cuyos problemas más apremiantes son
en su mayoría globales, persistir en la idea
de que el poder reporta ventajas para los varios
segmentos de la familia humana es errar gravemente
en la teoría y ya no acarrea utilidad práctica
alguna para el desarrollo económico y social
del planeta. Quienes todavía se adhieren
a él -los mismos que en épocas pretéritas
podían sentirse reafirmados por tal teoría-
ven cómo sus planes tropiezan con una maraña
de frustraciones y obstáculos inexplicables.
En su expresión tradicional y competitiva,
el poder es tan ajeno a las necesidades del futuro
de la humanidad como puedan serlo las técnicas
de locomoción ferroviaria a la tarea de poner
satélites espaciales en órbita.
La analogía no deja de ser apropiada. La
especie humana, espoleada por los requisitos de
su propio proceso de maduración, siente el
apremio de sacudirse una idea del poder y de su
empleo heredada de antiguo. Que puede conseguirlo
queda probado por el hecho de que, aunque sojuzgada
por la concepción tradicional, la humanidad
siempre ha acertado a concebir el poder de otras
maneras mucho más congruentes con sus esperanzas.
La Historia suministra amplia evidencia de que ha
habido personas de todos los orígenes que,
a lo largo de las épocas, han sacado partido,
por muy intermitente e inadecuadamente que sea,
de una amplia gama de recursos creativos propios.
Quizá el ejemplo más obvio sea el
poder mismo de la verdad, un agente de cambio vinculado
a algunos de los más grandes avances de la
experiencia filosófica, religiosa, artística
y científica de la especie.
La fuerza de carácter representa otro resorte
movilizador de inmensas capacidades humanas, y otro
tanto cabe decir del influjo del ejemplo ya en la
vida de las personas, ya en las sociedades humanas.
Y pasa casi totalmente desapercibida la fuerza impresionante
que puede ejercer la unidad, fuerza cuyo influjo
es "tan poderoso" -en palabras de Bahá'u'lláh-
que puede iluminar la Tierra entera".
Las instituciones conseguirán aflorar y
encauzar las potencialidades latentes en la conciencia
de los pueblos del mundo en la medida en que el
ejercicio de la autoridad se rija por principios
en armonía con los intereses de una especie
humana en rápida maduración. Dichos
principios incluyen el deber de las autoridades
a hacerse acreedoras a la confianza, respeto y respaldo
genuino de las personas cuyos actos pretenden gobernar;
a consultar abiertamente y en el mayor grado posible
con todos los que vean afectados sus intereses por
las posibles decisiones; a sopesar objetivamente
las necesidades y aspiraciones reales de las comunidades
a las que sirven; a apurar los avances científicos
y morales para aprovechar los recursos comunitarios
y las energías de sus miembros. Ningún
principio de autoridad efectiva es tan importante
como dar prioridad a la creación y sostenimiento
de la unidad entre los miembros de la sociedad y
los miembros de sus instituciones administrativas.
Ya se ha hecho referencia al tema, íntimamente
relacionado, del compromiso con la búsqueda
de la justicia en todos los asuntos.
Naturalmente, tales principios sólo pueden
obrar dentro de una cultura que por su método
y espíritu sea esencialmente democrática.
Pero decir esto no es sancionar la ideología
partidista que atrevidamente y por doquier se arroga
el nombre de democracia y que, a pesar de sus impresionantes
aportaciones al progreso humano, se encuentra hoy
en el cenagal de la apatía, cinismo y corrupción
que ella misma ha creado. Al elegir a quienes han
de tomar las decisiones colectivas, la sociedad
no necesita ni queda bien servida por el teatro
político de candidaturas, aspirantes, electoralismo
y llamadas al voto. Todas las personas tienen capacidad
para adoptar, según vayan educándose
y cerciorándose de que sus intereses reales
de desarrollo son atendidos por los programas que
les son propuestos, procedimientos electorales que
refinen gradualmente la elección de sus cuerpos
decisorios.
Al paso que la integración de la humanidad
cobra vuelos, los cargos seleccionados de este modo
van a tener que orientar sus esfuerzos dentro de
una perspectiva global. De acuerdo con Bahá'u'lláh,
no sólo en el ámbito nacional, sino
también en el local, los representantes electos
deben tenerse a sí mismos por responsables
del bienestar de toda la humanidad.
VII
La tarea de concebir una estrategia de desarrollo
global que acelere la madurez de la humanidad conlleva
el desafío de remodelar radicalmente todas
las instituciones de la sociedad. Los protagonistas
a los que este reto se dirige son todos los habitantes
del planeta: la humanidad en general, los gobernantes
de todas las categorías, las personas que
trabajan en organismos de coordinación internacional,
los científicos y los pensadores sociales,
todos los que estén dotados de talento artístico
o relacionados con los medios de comunicación,
y los líderes de las organizaciones no gubernamentales.
La réplica apropiada a este desafío
debe fundarse en el reconocimiento incondicional
de la unidad de la humanidad, en el compromiso por
establecer la justicia como principio organizativo
de la sociedad, y en la voluntad decidida de apurar
al máximo las posibilidades que del diálogo
sistemático entre la ciencia y la religión
puedan desprenderse para el fomento de las capacidades
humanas. La empresa obliga a replantearse de raíz
la mayoría de los conceptos y supuestos que
hoy rigen la vida económica y social. Asimismo,
es menester que la acompañe la certeza de
que, por muy dilatado que sea el proceso, y cualesquiera
que sean los contratiempos que aguarden, el gobierno
de los asuntos puede discurrir por cauces que sirvan
a las necesidades reales de la humanidad.
Sólo aceptando que la humanidad está
pasando de la infancia colectiva a su madurez, dejará
de ser esta perspectiva poco menos que otro espejismo
utópico. Imaginar que un esfuerzo de estas
proporciones es dable entre naciones y gentes desesperadas
y enzarzadas en sus antagonismos va en contra de
toda sabiduría transmitida. Tal posibilidad
es sólo concebible si -como Bahá'u'lláh
afirma- la evolución social ha llegado a
uno de esos vuelcos decisivos en que, de repente,
todos los fenómenos de la existencia se ven
empujados a emprender nuevas etapas de desarrollo.
La convicción profunda de que tan gran transformación
está ya en camino ha inspirado los pareceres
expresados en esta declaración. A cuantos
reconozcan en ella anhelos familiares de sus propios
corazones, Bahá'u'lláh les asegura
que Dios, en este día sin igual, ha dotado
a la humanidad con recursos espirituales a la altura
del desafío:
¡Oh vosotros que moráis en los cielos
y la tierra! Ha aparecido lo que antes jamás
apareció. Éste es el Día en
que los excelentísimos favores de Dios se
han derramado sobre los hombres, Día en que
Su poderosísima gracia ha sido infundida
en todas las cosas creadas.
Los trastornos que ahora convulsionan los asuntos
de la humanidad carecen de precedentes y arrastran
consecuencias enormemente destructivas. Peligros
históricamente inconcebibles rondan a una
humanidad desorientada. Sin embargo, el mayor error
que pueden cometer los líderes mundiales
sería permitir que la crisis arroje dudas
sobre el resultado último que aguarda al
proceso actual. Se va un mundo, y viene otro -nuevo-
que se debate por nacer. Los hábitos, actitudes
e instituciones que los siglos han acumulado se
ven sometidos a pruebas tan necesarias para el desarrollo
humano como inevitables. Lo que se requiere de los
pueblos del mundo es que den una medida de fe y
tesón conmensurable con las enormes energías
que el Creador de todas las cosas ha infundido en
esta primavera espiritual de la humanidad. "Uníos
en consejo", tal es el llamamiento de Bahá'u'lláh:
sed uno en pensamiento. Que cada amanecer sea mejor
que su víspera y cada mañana más
rica que su ayer. El mérito del hombre reside
en el servicio y la virtud, y no en el fausto de
la opulencia y las riquezas. Cuidaos de que vuestras
palabras estén purificadas de ociosas fantasías
y deseos mundanos, y que vuestros hechos estén
limpios de astucias y sospechas. No disipéis
la riqueza de vuestras preciosas vidas en la búsqueda
de una inclinación corrupta y malvada, ni
dejéis que vuestros esfuerzos se malgasten
en promover vuestro interés personal. Sed
generosos en vuestros días de abundancia,
y pacientes en la hora del quebranto. La adversidad
es seguida por el éxito y el regocijo viene
tras la pena. Guardaos de la ociosidad y la pereza,
y sujetaos a lo que beneficie a la humanidad, ya
seáis jóvenes o viejos, encumbrados
o humildes. Cuidado, no sea que sembréis
la cizaña de la discordia entre los hombres,
o plantéis las espinas de la duda en los
corazones puros y radiantes.
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